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Rosario Aguilar
Sonia
Ha
sido tan larga esta noche, que no sé si ha sido una
sola, o varias
noches. Si todavía es domingo o ya es lunes o
martes. ¡Cuánta
cantidad de tiempo en cada hora¡ ¡Que
fio y metálico el
viento y cómo ha estado de alejado el cielo! Por dentro
siento un frío casi polar. En mis huesos, en mis médulas.
Quiero ser valiente.
Los muchachos de nuevo
intentándolo. Ya no han de tardar.
En tocar a mi puerta, en
llamarme.
Ya en la puerta sus sombras.
Los compañeros a quienes reconozco a pesar de sus sombreros
de alas caídas de
los pañuelos sobre
sus rostros. Porque he visto esos ojos relampagueando
cientos de veces. Fervor revolucionario. En las huelgas
estudiantiles de secundaria cuando nos tomamos los colegios.
Aulas escolares dejadas atrás antes de tiempo.
En Septiembre.
Ya está tomada casi toda la
ciudad. Los disparos se
generalizan. Se oyen
en Guadalupe y en el Laborío, Está
tomado San Felipe,
San Juan. El Coyolar. Sutiaba.
Temblamos, oyendo los
disparos dispersarse por la
ciudad,
generalizándose. Disparando nosotros mismos.
Conocerme. Encontrarme ante
la nueva significación
de haber descubierto
mi propio valor. Cambiar con una decisión todo el curso de
mi vida. En un fragmento de instante todo mi futuro.
Porque desde el momento en
que los compañeros
golpearon la puerta,
supe llegado el instante.
Mi corazón manteniéndose
manso. Mis sentidos alertas. Dejando de temblar en el
preciso y fugaz segundo en
que oí su voz, y
sentí su mirada penetrándome.
Y pudiéndole decir, allí
mismo, a la puerta de mi casa, que temblaba, que tenía
miedo, que había cambiado de
parecer, que ya no
quería participar en la insurrección
armada porque
pensaba que era una temeridad...
Pero todo fue verle, sentir
en su voz y en su piel la
decisión, la
audacia, para comprender que no había, que no
cabía ya la duda.
Ante su mirada joven, desafiante, convertí da de un solo
golpe en la de un hombre.
El fuego concentrándose por
el lado del Comando.
Primero levantamos
barricadas con los adoquines de
las calles.
Apostados allí. En aquellas
trincheras.
No es el reloj el que marca
el tiempo, sino el tableteo
de las
ametralladoras por el lado del Comando. Ese sonido
mortal significa la
fuerza, el empeño de nosotros por mantener el fuego desde
nuestro lado, para hostigar si es preciso
hasta la muerte.
El tiempo que ha
transcurrido desde el comienzo
del combate, los
instantes en que se detiene haciendo más
funestos los
obscuros silencios de la noche, para continuar
luego, desigual, en
cierto modo alocado, con ráfagas cortas y precisas de
profesionales alternándose con nuestros disparos locos de
principiantes. Como un diálogo mortal y sin entendimiento.
Ya no cabe la comprensión.
El tiempo fraccionado tan
sólo por disparos.
Todo lo que hemos crecido,
madurado en estas noches. Ya ni sabemos la hora, tan sólo
distinguimos que los
disparos se
generalizan y llueven por toda la ciudad, parejo,
como en la noche de
una "gritería" mortal, de todo calibre.
En las películas no pueden
imitar las expresiones en
los rostros que yo
observo en mis compañeros porque no se
puede copiar la
realidad.
El disparo salido de un
Garand, o de la ametralladora
recuperada por un
compañero de dieciocho años dispuesto
a morir, con una
mirada decidida, desafiante, perdida más
allá de la
inmortalidad. O las ráfagas desesperadas de un
guardia embotellado,
a quien le han ordenado sostener su
posición
insostenible... y aunque no le den la orden,,.
Defender su posición
es su única alternativa durante esta
guerra en que todos
los jóvenes se han rebelado.
A medida que la noche
madura, el combate crece con
ella, ya no cesa, y
no disminuye. Por el contrario. Cada hora, el furor de los
jóvenes combatientes y la desesperación
de los militares es
testimonio de que al fin ha llegado el
momento.
Disparando a lo loco toda
la noche. Por encima de los
patio silban y
cruzan balas de toda especie.
Nuestros disparos de
riflitos y pistolas 22 y 38 tan
sólo suenan para que
los de mayor calibre se destaquen más.
Un disparo le dio a un
guardia...
Ver a un hombre que vive,
que se mueve, que tiene
pensamientos, caer
en un abismo que debe ser obscuro...
morir... sin que
medie más que la fracción de tiempo, de
instante, del ojo
puesto en la mira, del dedo en el gatillo,
del cerebro dando
una orden funesta y terrible. El hombre cayendo al suelo,
yaciendo, desangrándose, con todo lo que
constituía su vida,
huyéndole de sí.
Dejar de ser, de formar
parte de la humanidad, Mi extraña reacción, no ante el
peligro de mi propia vida, mientrs el ojo fijo, frío y
obscuro de su Garand estaba puesto en mí, sino ante la vida
de él que se derrumba... porque ni
siquiera me conocía.
Temblando con todos mis
nervios, mis músculos... m
siquiera le conocía,
ni él a mí.
La mayoría de nosotros no
sabemos disparar. Hemos
comenzado
combatiendo tan sólo con palabras, gritos, protestando en
las aulas de los colegios.
Otros muchachos y muchachas
integrándose a las escuadras, a la lucha. Ya el tiempo no
puede ser e mismo ni
tener el mismo
significado para los que tomamos la decisión
de pelear.
En cada puerta nos regalan
algo. Comida, ropa, y una
que otra rma.
Tenemos todos una mirada,
un olor, una actitud extraña. Es cuando se le pierde el
miedo a la muerte, e interiormente va a uno "le
vale". .
Las calles de la ciudad
llenas de barricadas y desiertas. Porque en la frecuencia de
la radio enemiga dijeron que vienen los aviones a
bombardearnos... Que cuando terminen con Masaya,.. vienen para
acá.
Observándonos unos a otros.
Se espera. Se esta alerta
Porque
ya sabemos lo que significa el ruido de los motores
de los aviones o de
los helicópteros cuando se vienen acercando a la
ciudad.
Conocemos sus intenciones.
Cuando el avión pica, inicia el "chandelle", corta los
motores,... comienza a disparar sus roquets.
Entonces no queda ningún
otro ruido en la ciudad...
Todo quieto. Hasta los
niños más pequeños dejan de
llorar Hasta los
perros se esconden y no ladran más...
Tan sólo queda la sombra de
la muerte sobre la ciudad y las sombras de los aviones, su
sinónimo... como en
una sola sombra
apocalíptica.
Los pájaros de plata, como
decía Tarzán en esas viejas películas... escupiendo fuego.
El corazón se asusta ante
los primeros disparos de los
aviones. Los
roquets, las ametralladoras treinta o cincuenta
de los helicópteros.
Sonidos cortos, mortales. Tambores
sincronizados. El
corazón revoloteando, brincando... para
después terminar
acostumbrándose.
El ataque aéreo sigue por
la mañana.
Ya no sé ni cuántas mañanas
o noches han pasado,
El enemigo atacándonos por
el aire y por tierra, con
una tanqueta,
La tanqueta girando y
chirriando al girar, escupiendo
por su orificio
oscuro, calibre treinta, la devastación total.
Se van sintiendo todos y
cada uno de estos sonidos
por todas las fibras
de la carne... entrando a mi cuerpo, hasta el fondo,
conducidos por mis oídos, mis ojos, mi nariz.
Por las noches, los
silencios, cuando se detiene un
momento el combate,
son terribles. Presagios de algo, de
cosas funestas,
siendo casi preferible oír disparos, signos de
vida en esta guerra.
Porque si solamente hay silencios, quiere decir que
solamente hay nicaragüenses muertos.
Los compañeros más audaces
se quedan en las posiciones más cercanas al Comando, siendo
sus sombras las que
van caminando por
las aceras... atrincherándose en las mochetas, portando sus
armas... avanzando siempre que se
puede.., una
pulgada... una cuarta.,, avanzando con audacia... los
apostados al Norte de la ciudad, hasta el punto
más al Sur, y los
del Sur... hasta el punto más al Norte,.,
Estrechando el
cerco. Sigilosos pero sin tregua. Como
por arte de magia se
van levantando las trincheras con los
adoquines. Uno a
uno. Levantándose uno a uno los adoquines, por enjambres de
diligentes abejas, que forman como colmenas, cada vez más
cerca. Más cerca. Relevando inmediatamente al compañero que
cae abatido por los francotiradores de los enemigos que
ocupan las posiciones más
altas.
Copándolos. Por todas las
calles... diligentemente, sigilosamente, Tenazmente.
Avanzando también por
dentro de las casas. Por huecos abiertos en las grandes
paredes de adobe... como hormigas disciplinadas y
organizadas. Túneles por dentro, como
comejenes... para
que no los cacen los francotiradores...
así, se va
controlando la ciudad.
Vuelven los aviones.
Como se acercan a nuestras
posiciones, nos ordenan
protegernos,
replegarnos a lugares más seguros.
En Septiembre, a nuestros
francotiradores los derribaron los aviones y las tanquetas,
con todo y los campanarios
de las iglesias.
Unos compañeros inexpertos
comienzan a disparar
hacia los aviones
con armas de corto calibre.
La ciudad está llena de
cadáveres.
Mientras Marvin, el jefe de
nuestra escuadra, alista un
RPG-2 porque nos
avisan que viene una tanqueta... el avión
pica sobre nuestra
trinchera... inicia el chandelle casi sobre
nosotros... corta
los motores.
Los dos resplandores, los
dos disparos se confunden.
Aire, tierra. Tierra,
tierra.
Veo caer a Marvin. Marvin
mi compañero. El muchacho por quien estoy aquí. Quien me
convenció, me entrenó. En cierta manera he
estado enamorada de Marvin todo este tiempo y le he seguido
ciegamente... aprendiéndome todas las cosas que él sabe, que
él nos enseña. Amándole, secretamente. Admirándole, mientras
él nos hablaba
de insurrección.
Veo su sangre, sus gestos
de dolor, su angustia. Siento que aunque él jamás lo
aprobaría, no puedo, no puedo obedecer la orden de repliegue,
gritada por él mismo mientras caía...
No puedo hacerlo.
Me volví para asistirle,
para ver si podía en alguna forma arrastrarle conmigo...
Entonces sentí que yo
también estaba pegada.
Estoy pegada y en la calle
desierta.
No siento un gran dolor,
pero el resplandor que volvió a bajar del cielo, me ha
doblado totalmente y no puedo
incorporarme. Una
debilidad mortal me lo impide mientras siento mi propia
sangre manando, corriendo tibia por mis
piernas. Quiero
arrastrarme, apartarme de la barricada un
poco hacia la
cuneta,.. pero no tengo fuerzas.
Permanezco alerta y,
mientras, voy logrando moverme pulgada a pulgada. Pareciera
que tan sólo yo he quedado con vida en esta ciudad fantasma,
en esta ciudad que tiembra con cada disparo. Temblando,
temblando yo y temblando la ciudad por mí como sis nos
contagiáramos mutuamente...
Hay momentos en que
recuerdo haber transitado por
esta misma ciudad
llena de vida. Pero de pronto, un silencio
total cae sobre ella,
momentáneamente. Como si estuviera
viviendo y muriendo
en una ciudad cien años muerta. He
sentido esta
sensación...
No hay movimiento. No hay
sonidos. El tiempo se
detiene o se acelera
o retrocede.
Un extraño pavor se apodera
de mí. Como si yo misma no fuera yo sino un .pasajero
equivocado de un fragmento de historia antigua. Como si los
que aún creemos vivir no somos los vivos, sino los muertos
de hace mucho tiempo
que solamente recuerdan, la historia, todas nuestras
revoluciones.
Me comienza a doler. Dolor.
Y es todo el mundo el
que gira y somos tan
sólo la ciudad y yo. Ella llorando por
mi, yo por ella,
ambas heridas de muerte
Oigo disparos de una
treinta y ocho y un grito de:
"Patria libre o
morir". La voz de un adolescente, de un niño
aún que se acerca
lentamente a la averiada tanqueta.
Luego el espantoso
sonido... la tanqueta reviviendo,
girando, chimando al
girar... sorda, gruesa, espantosa la
ametralladora
treinta... y el silencio.
Tan sólo una ráfaga... y el
silencio total.
Al rato abro los ojos... el
muchacho parece dormir
profundamente a
media calle, con su pistola cromada cayéndosele de las manos
ya inertes.
Oigo. Continúo escuchando
más allá el sonido de los
motores de los
aviones, sus disparos. Su fuerza, el empeño y
la obstinación de un
hombre.
La tanqueta, como un
monstruo antidiluviano, yace
inerte.
Siento sobre mí un enorme
peso. No puedo saber cual
es el peso, pero lo
siento sobre mí, me abruma. No puedo
localizar mi dolor.
Está en mí y eso es todo.
Estoy pensando cosas
tontas. Me confunden el bien y
el
mal.
No puedo apreciar con
claridad, no puedo distinguir
el color de las
cosas. Los colores del cielo sobre mí.
¡Cuánto tiempo habrá
transcurrido desde que comenzaron esta mañana, desde que
estoy pegada!
¡Dios mío! y si nos han
quebrado. Un repliegue a estas alturas sería desastroso,
inadmisible. Toda la población
involucrada sería
exterminada. La ciudad borrada del mapa.
No quisiera que por siglos
se quedaran nuestros gritos
rodando inútilmente
en las calles de las ciudades de Nicaragua. Que se oigan en
las noches obscuras nuestros disparos,
como se oye el paso
de las carretas de nuestras antiguas
leyendas,
convirtiéndose en un mito, como si esto no hubiera sido más
que un sueno... y nuestros cuerpos sin vida
enriqueciendo el
número de los fantasmas, como el de Arechavala... único
resultado de nuestros sueños juveniles...
Sin saber si otros
muchachos siguen luchando, muriendo sin esperanzas, soñando
con vencer y terminar con las injusticias... como un eco,
una quimera. Nada más que
un eco, una quimera.
Que se queden el ruido
espeluznante, el chirrido
de las tanquetas o
los ladridos de todos los perros nicaragüenses, tal como
ladraban cuando se preparaba un
hostigamiento, una
emboscada, sin haber logrado el triunfo. Rodando para
siempre esos sonidos,.. y sin haber logrado nada.
Y mi corazón puesto sobre
mi pecho adolorido y sangrante. Palpitando, muriendo.
Despidiéndome de tantas y
hermosas ilusiones.
Amar. Odiar. Temer.
Oigo
ruidos de sirenas que me derrotan. Ruidos manejados por
otros hombres con el único propósito de aniquilar
completamente la vida, nuestros anhelos, nuestra
generación.
Mientras experimento mi
primera derrota, voy logrando incorporarme sobre mis brazos
y moviéndome lentamente logro cruzar una puerta abierta...
para después
caer ya sin esperanzas de
volver a vivir de nuevo.
Jamás voy a cumplir mis
quince años. Ni nunca experimentaré la alegría de leer mis
poemas publicados en la
Prensa Literaria.
Serán en vano todos mis esfuerzos por ser
la mejor alumna en
Literatura. Por ilustrarme...
Todavía siento dentro de mi
tórax la resonancia que
existe en las
palabras. Llevo dentro de mi cabeza mil palabras para
describir todos los sentimientos del mundo. Todas
las ansiedades. El
amor.
Mientras ellos continúan
girando sobre la ciudad humeante.
El cielo permanece
impasible.,, la calle se me va yendo... la ciudad se me va
borrando.
Siento la debilidad en los
golpes de mi sangre que
disminuyen al chocar
contra mi piel, como golpea cada vez menos el agua de un
estanque contra sus propios diques
cuando éstos se han
roto.
No sé si amanece o anochece...
Si el color del cielo se
debe a un crepúsculo
o a una aurora... si todo ese resplandor es debido a un
inmenso incendio.
Un grupo de muchachos con
insignias de la Cruz Roja
se vienen acercando.
¡Son tan hermosos! Gimo para que me
oigan.
Todo es incierto. Leves los
colores de las cosas. Sin
embargo y al borde
de la muerte, mientras me transportan,
siento una especie
de embriaguez.
¡Qué hermosos momentos!
El
éxtasis total... lo que he sentido forma parte de un solo
grito rebelde y ansioso de libertad y de justicia.
[tomado
de 7 relatos sobre el amor y la guerra, 1986] |