Rosario Aguilar
escritora que habla con voz del silencio

En el mes de julio la astronauta norteamericana Eileen Collins se convirtió en la primera comandante de una nave espacial, y la escritora nica Rosario Aguilar, en primera mujer integrada como miembra de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua (los demás 15 son varones). A primera vista, puede parecer que estos hechos no tienen nada que ver entre sí, pero en realidad ambos son pasos que las mujeres estamos dando en el camino hacia la equidad entre los sexos.

Rosario Aguilar siempre escribió sobre los destinos de las mujeres de nuestro país, abordando temas muy delicados. Su primera novela, “Primavera sonámbula” (1963), trata de una muchacha que había pasado la mayor parte de su vida en un sanatorio para enfermos mentales y, al ser dada de alta, tiene que encarar el despertar sexual y el amor. En el otro libro, “Quince barrotes de izquierda a derecha” (1965), la autora relata la tragedia de una joven prostituta que se enamora de un sacerdote y asesina al dueño del burdel donde ella está trabajando. Había que tener una gran valentía hablar de eso en León de los años 60. Era todo un escándalo.

“Aquel mar sin fondo ni playa” (1966), la siguiente novela de Rosario, cuestiona otros tabúes: la anticoncepción, el aborto, el alcoholismo femenino, el divorcio... “Rosa Sarmiento” (1968) es una biografía novelada de la madre de Rubén Darío. Nadie más ha escrito sobre ella, porque no era ninguna “vieja muy buena y muy santa”. En su vida hubo cosas que a los darianos tradicionales no les gusta para nada sacar a la luz. La muchacha fue obligada a casarse con un señor mujeriego y borracho que la trataba mal, la pareja terminó separándose, pero Rosa se enamoró de otro y quiso rehacer su vida. Se marchó para Honduras con el nuevo compañero, entregando a Rubencito a sus padrinos. “Si Rosa estuviera viviendo ahora, estoy segura de que se lo hubiera llevado consigo, pero en aquel tiempo era más difícil”, dice Rosario.

En las novelas tempranas de la escritora, sus personajes siempre viven recluidas: en el sanatorio, en el burdel, en la casa... Quieren salir, pero no pueden o no saben cómo. Eso no es un capricho, sino que refleja una verdad de la época. Pero luego la situación empezó a cambiar, y también cambió la narrativa de Aguilar. “Las doce y veintinueve” (1973) describe las experiencias de tres mujeres afectadas por el terremoto que había destruido la ciudad de Managua. Se caen las paredes, reales y simbólicas, pero aprender a ser independientes duele, cuesta.

Puede costar hasta la vida. De eso habla “El guerrillero” (1974). Una maestra rural encuentra a un sandinista herido, lo esconde en su casa y luego se enamora del joven combatiente, quien, en nombre de la causa revolucionaria, se niega asumir cualquier compromiso sentimental y un día se va sin mirar atrás. Ella queda embarazada y decide criar a su hijo sola, pero tiene que aceptar los cortejos de un sargento de la Guardia Nacional, para evitar complicaciones. Cuando al militar lo transfieren a otro pueblo, empieza a acosarla el juez de mesta, un tipo matrero y descarado, que la obliga a convertirse en su querida. Embarazada de nuevo, opta por abortar... Después de una larga lucha interior, rompe con el juez y toma consciencia de que no necesita tener un hombre a su lado para salir adelante.

“Siete relatos sobre el amor y la guerra” (1986) recoge varias semblanzas de mujeres, cuyas vidas han sido marcadas por la revolución de 1979. Celebra el lado heroico de la guerra de liberación pero también pone en evidencia que los “hombres nuevos” seguían siendo machistas. Nadie más hacía esta clase de crítica en los 80, con el FSLN todavía en el poder. Rosario fue la pionera en cuestionar la ética personal de los líderes políticos, que ahora es un tema muy candente y más espinoso que un cactus.

La obra más conocida de Aguilar es “La niña blanca y los pájaros sin pies” (1992). Sus páginas nos hacen llegar las voces de las mujeres de la Colonia, a quienes la historia oficial siempre había ignorado. En “Soledad, tú eres el enlace” (1995) la autora refleja los acontecimientos más importantes de este siglo, enfocados a través de la biografía de su madre, doña Soledad Oyanguren.

Las protagonistas de las novelas de Rosario se han transformado a la par de las mujeres nicaragüenses. A lo largo de 30 años, fueron perdiendo el miedo, desafiando soledades, descubriendo a sí mismas. La escritora las acompaña en estos desafíos. Da voz al silencio, a las palabras no dichas, a las vivencias invizibilizadas.

En persona, Rosario Aguilar es cálida y accesible. El hecho que sus libros hayan sido traducidos al inglés, francés y alemán no hizo que perdiera su natural sencillez.

La Boletina: Decidiste que querías ser novelista cuando tenía apenas 16 años. ¿No sentiste miedo de escoger una carrera “impropia” para una mujer?

Rosario: Más que una decisión formal, lo que sentí a los 16 años fue el deseo, el sueño de ser escritora. Las muchachas a esa edad, desean o sueñan ser religiosas, médicas, bailarinas, etc. No sentí miedo. En mi familia, y en el medio donde me crié, nadie consideró “impropia” la vocación de escribir. No trataron de disuadirme, al contrario, una vez que me lancé más tarde, me animaron a seguir. Les aconsejaría sí, a las jóvenes que quieren dedicarse a escribir novelas, que estudien además algo práctico, que tengan otro oficio, porque de la escritura no se vive.

La Boletina: Siempre tuviste el apoyo de tu esposo Iván en tu labor creativa. ¿Qué hubiera pasado si él no hubiera estado de acuerdo con tus metas y aspiraciones?

Rosario: Es difícil, aun para la imaginación de una novelista, volver atrás, al pasado, y pensar en lo que hubiera ocurrido si la propia historia hubiera sido diferente. Tuve la suerte que mi esposo me apoyó, y me ha alentado a continuar con mi trabajo.

La Boletina: ¿A través de qué medios aprendiste a identificarte con el dolor y la lucha de mujeres de “vidas conflictivas”?

Rosario: No encuentro mejor medio para conocer el dolor humano que la vida diaria en Nicaragua. No hablo de terremotos, maremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, desastres que lo hacen más intenso, sino de lo cotidiano. Si una va a una clínica, al hospital, a una farmacia, allí están latentes el dolor y la desesperación. En los mercados, terminales de buses, semáforos, se mira palpable la lucha por sobrevivir, aunque sea un día más, una semana más. Otros artistas lo han expresado en música, como la canción “Pobre la María...”, etc.

La Boletina: Mucha gente todavía cree que una mujer no debe –no es que no puede, sino no debe– ser artista o profesional, porque esto la distrae de su misión de madre y esposa. ¿Cómo lograste combinar la escritura y la maternidad? ¿Sientes que es difícil integrar el arte y la familia, o esta “incompatibilidad” es sólo un mito?

Rosario: Para mí, como novelista que observa la realidad, ya es solamente un mito. De hecho, casi todas las mujeres trabajan y la mayoría son madres y esposas.

La Boletina: ¿Por qué escribes precisamente sobre las mujeres?

Rosario: Mis protagonistas principales son mujeres porque me parece que puedo lograrlas mejor. Esto se debe a que hay muchas sensaciones y experiencias por las que pasamos, que yo he sentido en carne propia. Cosas comunes a la mayoría de las mujeres, y que todo mundo las toma por hechos sin importancia.

La Boletina: Tu padre Mariano Fiallos Gil fue un gran intelectual, una celebridad... ¿Por qué no hiciste su biografía, sino la de tu madre, que nunca fue una figura pública?

Rosario: Sergio Ramírez escribió “Mis días con el Rector”, y “Mariano Fiallos, biografía”. Son trabajos excelentes. Colaboré con Sergio en la parte sentimental de la biografía, y él incluyó textualmente mi aporte. No creo poder superarlo. Pero la historia de mi mamá es tan interesante, que me daba pesar que se perdiera cuando ella muriera. Me ha parecido siempre una gran aventura. Muchas mujeres vivimos la historia sin ser figuras públicas, quise describir los hechos desde esta óptica.

La Boletina: ¿Han cambiado las mujeres nicaragüenses durante los años que llevas escribiendo?

Rosario: Han evolucionado mucho. El terremoto de Managua en el año 72, y la guerra en la década de los 80, precipitaron la evolución. Las mujeres tuvieron que salir de sus casas y tomaron decisiones y trabajaron a la par de los hombres, o más, en medio de condiciones dramáticas. Esto sucedió tanto en el país como en el exilio. Las jóvenes de ahora saben que en cualquier momento todo puede cambiar, que la vida no es fácil, y se preparan.

La Boletina: Y los hombres, ¿han cambiado o son los mismos que en los 60?

Rosario: Los hombres han tenido que cambiar también. La mayoría de las parejas jóvenes que conozco, comparten las obligaciones para con los hijos, las decisiones del hogar, el trabajo. Claro que no se puede generalizar, siempre se sabe de hombres anticuados, pero cada vez son menos.

[tomado de La Boletina]

 

 

 

 

 

 

 

Rosario Aguilar, recolectora de feminidad

por Blanca Castellón

Hace unos días leí en un recuadro de un periódico la información sobre el Premio Gabriela Mistral que había ganado nuestra primera escritora “que hace de la mujer sujeto y no objeto del discurso” según Nidia Palacios, estudiosa de su obra. No pude menos que sentir el júbilo recorriendo mi nacionalidad, mi feminidad, el enquistado oficio de la escritura y hasta algunas remotas gotas de sangre, que dichosa comparto con la autora.

Desde pequeña me fue legada la admiración por Rosario; mi madre, acostumbrada a la lectura de Dostoievski, Víctor Hugo, Dickens y otros inmortales, quedó como hipnotizada por varios días cuando se topó con ‘Un Mar Sin Fondo Ni Playa’; le fue fascinante, y a la vez extraña a su condición de mujer. Pasó varios días comentándola con nosotros, sus hijos y rememorando con orgullo, algunas anécdotas de su infancia compartidas con Rosario.

Han pasado muchos años, pero el ‘enlace’ quedó latente hasta que redescubrí por cuenta propia el universo de esta escritora que recoge el camino espinoso recorrido por nuestras mujeres desde los tiempos de la conquista hasta nuestros días.

En las páginas de sus novelas palpitan nuestros más íntimos deseos, sufrimientos y esperanzas.

Entrar a su obra es internarse en la matriz donde ha evolucionado lentamente nuestra capacidad de ser sujetos activos de la aldea global.

“La conciencia de que soy algo superior, me tornó peligrosa... En mí se ha roto algo; un como candado. Al encontrar en mi cuerpo a un ser humano, a una persona, me siento con el derecho al respeto y la dignidad” (Quince Barrotes de Izquierda a Derecha).

Indiscutiblemente con el aporte de Rosario Aguilar, nuestra literatura se fortalece, y nuestra feminidad se llena de aquellas vigorosas exclamaciones de Doña Luisa en ‘La Nina Blanca y los Pájaros Sin Pies’: “¡Qué valiente me siento, y qué ola de calor me invade cuando oigo el trote de las temibles bestias con cascos...!” ... “¡Qué osada soy! ”.

Osados han sido todos los hombres y mujeres de la palabra, que como Rosario han tomado de la punta el hilo azul, para dejar bordado y en relieve el nombre de la patria sobre la esfera del mapamundi.

Todavía hay motivos poderosos para conservar en nicho de oro nuestra nacionalidad, gracias a la literatura que por tradición ha dignificado, y elevado nuestras raíces.

Al igual que en “Rosa Sarmiento”, madre de nuestro Rubén —“No presiente Rosa cuando lentamente camina, lo que aportará a los hombres. Ese pequeño ser que lleva en ella.”— Seguramente no presintió Rosario en sus años mozos, lo que aportaría su voz y prodigiosa imaginación a las páginas de la historia de nuestra literatura.

Celebramos pues, enlazadas todas, el bien merecido premio que ha obtenido esta escritora de hablar pausado y escritura recia, que parece encarnar en su figura aquellos versos que Darío dedicara a Machado:

“Cuando hablaba tenía un dejo de timidez y de altivez.

Y la luz de sus pensamientos casi siempre se veía arder.”

[tomado de La Prensa Literaria]

 
 

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