Mirada hacia los elementos en la poesía de Vidaluz Meneses

 

Danielle Raquidel*

No es por pura casualidad que las obras poéticas de Vidaluz Meneses siempre tienen títulos abarcando a los elementos. Desde su primera obra: Llama guardada publicada en 1975; seguida por El aire que me llama en 1982; y luego Llama en el aire en 1990, existe en su poesía una superposición de imágenes elementales con alta representación metafórica. Este estudio intentará subrayar las relaciones entre lo imaginario, la representación y lo real para esbozar algunos de los significados.

Nos parece notable que ambos, el aire y el fuego, los elementos más frecuentemente presentes en esos títulos, son los elementos que no se pueden contener, que son intangibles, inasibles y de categoría similar. La llama y el aire son también elementos que se complementan y como no hay llama posible sin aire, están estrechamente unidos. Son propios del espacio que llenan, y producen una impresión de inmaterialidad, desde luego en términos metafóricos definen la subjetividad. Una subjetividad que nos acerca a Vidaluz Meneses. La misma libertad que añora la autora en “cuando yo me casé” o en “instantánea conyugal” y que seguirá persiguiendo con su deseo de salirse de la clase “acomodada” en la cual nació, (se encuentra y se desarolla en esos elementos). La misma irrealidad tormentosa, está presente en la obra como en la vida y reconoce Vidaluz que las dos “la llaman”. Esos elementos se oponen a la precisión de la temporalidad y a la medida en general. Cuando se trata del fuego, no es del fuego doméstico contenido en una chiminea. Según el famoso sicoanalista francés Gaston Bachelard “El fuego sugiere el deseo de cambiar, de precipitar el tiempo, de llevar toda la vida a su término, a su allende” (El sicoanálisis del fuego 36) (mi traducción) Este mismo deseo de cambio está en “Diciembre 7” que termina:

(…) En plena revolución de 80,
revolucionándote toda por dentro,
pariendo esa otra mujer
que ama y teme su nueva libertad. (65)

Es generalmente aceptado que la llama simboliza el amor, la pasión y la inspiración en la tradición literaria. Adquiere a veces el significado de fuego contenido en el cuerpo humano, es símbolo de lo vivo. Gaston Bachelard en su obra: La Psychanalyse du feu El Sicoanálisis del fuego, habla del fuego en estos términos:

El fuego es lo ultra-vivo. El fuego es Íntimo y universal. Vive en nuestro corazón. Vive en el cielo. Sube de la hondura de la sustancia y se da como un amor. Vuelve a bajar en la materia y se esconde, latente, contenido como el odio y la venganza. 17-18 (mi traducción)

Bachelard nos señala la ambiguëdad del fuego con sus valores contradictorios de bien y de mal con su presencia en el paraíso y en el infierno, con su dulzura y su tortura. Habla del fuego como de un dios tutelario terrible, bueno y malo a la vez; del fuego con la interdicción intrínseca de acercarse a él por el miedo que procura su capacidad de destrucción total, aun si esa destrucción es una señal de la regeneración por venir. En este sentido es símbolo de cambio rápido, y cabe valorizarlo. Pero hay que añadir que como el amor, la llama se tiene que cuidar para ser mantenida viva. Así es el fuego de VidaLuz Meneses, tiene todos los matices del fuego de Bachelard. Tiene la misma dualidad entre lo interno y lo externo. Según el sicoanalista, estimula el complejo de Empedocles, en el cual se unen el amor, el respeto del fuego, el instinto de vivir y el instinto de morir, aspectos que también se encuentran en la obra.

Se puede preguntar una si la palabra llama, presente en sus tres títulos, con sus dos sentidos bien distintos es el resultado lúdico de su propio regocijo consciente con las palabras o si corresponde a alguna inspiración inconsciente. En todos casos, queda como un regodeo músical para nuestros oídos y como una interrogante. La llama elemental, el fuego, “llama” a la poeta, la atrae como atrae a las mariposas nocturnas.

El aire se presenta como vuelo en muchos poemas. El aprendizaje del vuelo ofrece una metáfora para la vida misma, y también para la revolución:

(…) Este vuelo de la revolución es infinito
y unos presienten que caerán en picada,
pero otros confiamos que en el
trayecto nos crecerán las alas. (61)
También permite alusiones a la educación de los hijos como en “Hija”
Mi amor de pájara
Enseñándote a volar,
Mostrándote el horizonte
Y el reto infinito de ser. (68)

A aquellos elementos habría que agregar el agua y la tierra que también figuran en la obra, muy a menudo en sus formas pulverizadas: La lluvia y el polvo.

Las evocaciones del agua, cargan con una simbología múltiple según el poema. Simbolizan, a menudo, el recorrido del tiempo, pero también la sangre, el amor, la vida y la muerte, cuando el agua aparece en su forma de aguas maternas, o a veces en lluvia. En “La tierra recobrada” Vidaluz habla de

(…) la lluvia nocturna
que habla de renovaciones,
de la nueva hierba que crece verde,
dándole fondo de esperanza
a cada gota que cae. (64)

Otra vez la evocación de la esperanza domina la estrofa. Pero esas evocaciones elementales pierden precisión a veces en su obra. Los paisajes de lluvia son frecuentemente borrosos, también los ríos envueltos en vapores. La pulverización, los vapores son, sin lugar a duda, unas características propias de la obra de Meneses, además de sugerir la fertilidad, sugieren frecuentemente, la irrealidad, la duda y una cierta inseguridad y soledad.

La afinidad de la autora con los elementos la lleva a identificarse con ellos. Por ejemplo, el agua en “La tierra recobrada” toma la forma de la “lluvia nocturna” es decir que es un agua sin forma e invisible por la oscuridad, como también el aire es invisible. Evoca por esa misma caractéristica la subjetividad. Lo mismo pasa en “Quien tenga oído”:

Por la noche:

Una fina y nebulosa cortina de lluvia nos aísla
y, sin embargo, gota a gota
el mudo mensaje de la ciudad se cuela,
Porque escrito está en las ruinas
Lo temporal de nuestro paso
y en el polvo de los escombros
nuestro retorno. (LEEA 21)

Aquí la presencia del adjetivo “nebulosa” y el hecho que la tierra sea “polvo” procuran dar otras imágenes de lo borroso. Todos los elementos se funden, se desagregan. Todo se deshace y se pulveriza. Si es notable el tono nostálgico en relación con la destrucción del país y con la condición mortal de los humanos, también lo es la esperanza final, esa fe que siempre parece sostener la autora y que la caracteriza.

En cuanto al agua nocturna representa a veces la seguridad de las aguas maternas como en “Alguna noche de insomne”, poema de 1974, donde habla del “tranquilo descanso” de la noche, de “su confiado sueño, / como si aún flotaran / en la acuosa seguridad de mis entrañas.” (37) Es decir si flotaran en un espacio curvo y protector. En esas aguas está “el hastío vital” presente en “Sol en la playa”(36) y en otros poemas. Pero a veces cambia la simbología y el agua se vuelve río de la muerte tal como el Aqueronte dantesco: En “He visto” (25) empieza el poema en este modo:

He visto en tu ojo
la muerte redonda aproximarse.
¡Ah ribera de sombra
que encauza mi agonía en esta hora!

Quiero morir de espaldas a la noche
Para que el cielo siembre su cosecha de estrellas
En mi dorso desnudo.

El poder cósmico de la mirada que trae la muerte no es nuevo en la poesía. Es una evocación mítica. La poeta parece interiorizar los elementos, como también la naturaleza. Pero si acepta el curso del río que la lleva hacía la muerte, parece querer una muerte productiva. Quiere fertilizar la tierra y, paradoja poderosa, quiere dar luz a más estrellas. La simbología de la tierra en esta obra está además ligada a la del camino y a la noción de adueñarse de su camino. Se encuentra ese rasgo en “Compañera” (66), en “Eva de siempre” donde escribe: “(…) dueña de tu libertad / que define el día y la hora, o nunca.” (72) y en “Muro de lamentaciones”, entre otros, donde la autora suma sus aprendizajes en el largo camino de su vida.

En la obra de Vidaluz Meneses la relación de la imaginación con el espacio terrestre y cósmico es una constante. Su espacio es acogedor no es hostil a la humanidad. Son los hombres quienes tienen el afán de destrozar el cosmos. En “He visto” (25), el espacio, aunque sea mortal, es regenerador.

Meneses es hija del cosmos. Está a gusto en él y no se siente ajena a él. El universo es su refugio. Pero aún si lo es, la autora añora siempre el otro lado de la tierra, la otra cara de la luna, el lugar que se esconde al infinito, es decir el lugar del sueño como se nota en “Alfonso” (22), el lugar relacionado con la imaginación, el lugar antiguo en el cual se sueña el mundo y donde se reconstruye.

Según Gilbert Durand la imaginación no es el producto de la represión sino más bién su orígen. “Las imágenes no valen por las raices libidinosas que esconden, sino por las flores poéticas y miticas que revelan.” (mi traducción) (36) Así la simbología que nace de los hechos y de los elementos en particular tiene un significado profundo en la filosofía y en el mundo de Meneses. Su mundo es un mundo de afectividad que valoriza las intuiciones, “las flores poéticas y míticas”. Es un universo que quiere ser regido por impresiones sencillas y primitivas y por lo natural. Es un mundo que niega las sofisticaciones del dicho “progreso” y que está articulado por unos principios de acción / reacción. Es un mundo natural con una lógica humana que se opone a todo lo artificial: A las pastillas como substitutos para los alimentos, a lo mecánico, a la rutina diaria de la sociedad de consumo, por fin a la humanidad deshumanizada. En ese mundo, todo acto tiene sus consecuencias y la ética personal es la regla elemental de conducta. Implica este acercamiento, de parte de la autora, un idealismo con imperativos naturales intimados por las características sociales, culturales y generacionales que la caracterizan y la definen. Nos permiten conocerla mejor. En este cuadro, el cosmos y los elementos son imágenes del mundo mítico y espiritual menesiano.

BIBLIOGRAFIA

Bachelard, Gaston. L’air et les songes. Paris: Librairie José Corti,
1943.
---, La psychanalyse du feu. Paris: Editions Gallimard, 1949.
---, Poétique de l’espace. Paris: Editions Gallimard?
Durand, Gilbert. Les structures anthropologiques de l’imaginaire.
Paris: Bordas, 1969.
Meneses, Vidaluz. Llama en el aire. Managua: Colección Letras de
Nicaragua, 1990.
Tuzet, Hélène. Le cosmos et l’imagination. Paris: Librairie José Corti,
1965.

[tomado de ANIDE]

*profesora universitaria, especialista en literatura centroamericana


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS INTELECTUALES Y EL PODER Vidaluz Meneses(Una perspectiva de género)

Cuando acepté participar en este foro sobre los intelectuales y el poder y empecé a preparar mi intervención, decidí partir de la obviedad de mi doble condición de ser mujer e intelectual. Para ello tracé el itinerario personal que he recorrido con esta reflexión sobre el tema.
Una vez más ratifiqué que mi concepción del mundo parte de la poesía y que sólo a través de ella he podido llegar a algunas claridades sobre cosas esenciales en mi vida.
Asumo que en la mayoría de los seres humanos, salvo personas excepcionales, su primer encuentro con el poder ha sido la experiencia. El ser superior del reino animal, al nacer, es un absoluto dependiente de la/el adulto/a omnipotente que le resuelve sus carencias totales para sobrevivir, a no ser que invadiendo campos filosóficos y psicológicos interminables tomemos en cuenta el fortísimo mandato afectivo que puede contener un excelente alarido de recién nacido (a).
No pretendo con esta introducción irme por la tangente, sabiendo a qué tipo de poder nos han convocado a referirnos.
Salto pues a mi adolescencia en la que, a excepción de mi estricto núcleo familiar ubicado en el poder militar que sostenía una dictadura férrea, todo mi entorno era lucha y denuncia contra ese poder autócrata y represor. El desafío que me planteaba mi generación y los valores éticos en los me educaba el colegio cristiano al que asistí lo asumí en primera instancia, remitiéndolo a la parusía de la fe cristiana, ante el segundo y definitivo advenimiento de Cristo, cuando los malvados serían castigados y triunfaría la justicia al final de los siglos.
En 1973 yo escribía: Sin embargo tú y yo, / Identificándonos en la plática casual, / palpándonos número en la auténtica lucha / en que ni carne de cañón / ni borregamente enfilados / entonaremos al final / la verdadera canción de amor de los hermanos.
Creo que si bien ese poema que dediqué a Pavel hijo de Pelagia, protagonista de la obra “La madre”, de Maximo Gorki, acusaría una temprana opción por la izquierda, el peso de la ruptura familiar aún era muy fuerte en mi vida para optar por lo que en ese momento parecía que estaba llegando a ser la única opción en Nicaragua: destruir y erradicar las estructuras de poder vigentes e instaurar la nueva sociedad, que todos sabíamos que era a través de la lucha armada. Ese final del poema pues, en el fondo habla de la parusía, de ese segundo advenimiento de Cristo ya definitivo, cuando imperaria la justicia.
Posiblemente mi sentido del poder en ese tiempo estaba impregnado de la concepción teocrática medieval, dada la educación que recibía.
Por otra parte, habría que tomar en cuenta que cuando un joven varón de mi generación se casaba, no variaba mucho su compromiso político ni su inquietud por el poder, pero en una mujer sí. Lo viví en carne propia cuando me casé por la Iglesia y me correspondió escuchar “los salmos de rigor: / Que sea hacendosa como Martha / Prudente como Raquel, /De larga vida y prolífera como Sarah”
El mandato que recibí no fue el de ir a poseer y dominar la tierra, sino a trabajarla, a servirle a otros. No fue a tomar la palabra, sino a guardarla en el fondo de mi corazón y no fue a reconocer y a gozar mi cuerpo sino a explotarlo como eficiente máquina reproductora
Asidua lectora de la columna humanista de Pablo Antonio Cuadra , “Los Ëscritos a máquina”, en los años setenta leí lo que en uno de ellos, el poeta escribía sobre el poder y la autoridad.
“El poder se tiene, la autoridad se es”, aseveraba el poeta en esa ocasión.
Identificada de inmediato con esa afirmación que me pareció diáfana y profunda, fácilmente la empecé a aplicar como un ejercicio a los seres humanos a mi alrededor: al gobierno, a mis jefes, a familiares con cargos, etc., los imaginaba con su investidura de poder y despojados de ella. Así descubría lo que quedaba de la persona.
Por esa razón me halagó y me hizo reflexionar la opinión que me planteó mi colega, la poeta Michele Najlis, cuando en los años noventa le pregunté su opinión sobre si debía de aceptar la candidatura a Decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Centroamericana y ella me preguntó -Qué te va agregar ese cargo? -Pensé y me dije: mucho trabajo y poco salario como suele suceder en todos los cargos del campo de la educación ; sería sólo la investidura académica que siempre prestigia un curriculum, pero realmente debía de meditar si a mi esencia de persona le iba a agregar algo ese cargo y en ese sentido yo me debía de aplicar de previo, el ejercicio que solía hacer con los demás, y que en algunas ocasiones su resultado fue que quedara lamentablemente el despojo de la persona.
Ya en estas dos últimas décadas, tuve oportunidad de conocer el pensamiento de sabias mujeres, quienes a través de sus escritos, me completaron la información sobre el verdadero contexto en el que deviene mi condición de mujer.
Teóricos de nuevo pensamiento como Michel Foucault contemporáneo del método estructuralista, han nutrido la teoría feminista en construcción. La doctora Nelly Miranda, en su texto “Teoría sociológica contemporánea” resume la teoría de Michel Foucault, quien refiréndose a lo relevante que es el lenguaje, sostiene que el hombre es un animal que habla y que para definir a la sociedad hay que estudiar el lenguaje, la manera en que se producen significados en sociedad, -según Foucault,- el sistema, a través del lenguaje y de otras formas de control sobre el cuerpo y el espacio, someten y moldean al hombre. Cada época histórica tiene su propio epistema, -dice- un discurso particular que determina la posición de los individuos en sociedad.
En relación a la identidad social, este autor establece las prácticas divisorias, la clasificación científica y los procesos subjetivos.
Ilustraré dos de ellas aplicadas a mi realidad : El poder es todo aquello que obliga a los hombres a hacer lo que no quieren . Por medio de las leyes se controla el uso del cuerpo y el espacio. (Por aclaración, al citar a Foucault, debo de asumir que estoy incluida cuando al referirse a los seres humanos, dice “hombres”, pues aún con su contribución al Feminismo, este notable teórico se ve limitado por el lenguaje antropocéntrico), asunto que no es de extrañarse pues Jean Paul Sartre en sus diálogos con Simone de Beauvior reconoció que era un hombre aún en proceso de liberarse de la educación patriarcal.
Intuitivamente en una ocasión yo escribía:
….Todos los objetos jugando al cero escondido / Y yo, a la gallina ciega, palpando el mundo, / rodeada de aparente perfección, calles delineadas, señales precisas. /
Altos, muchos altos: / Por ahí no./ A esa hora no, / Cuidado con la oscuridad! / Mucho menos si musitan a tu oído: / “De desnuda que está brilla estrella”…..
En su obra Foucault muestra la manera en que los discursos sobre la vida, el trabajo y el lenguaje fueron estructurados en disciplinas, que adquirieron un alto grado de coherencia para forjar y controlar la identidad de los sujetos sociales.
Este hecho relacionado con el caso de las mujeres es nada menos lo que provoca invisibilizarnos.
De esa manera es lógico que yo escribiera:
Las veredas derechas eran falsas / Las izquierdas prohibidas, / Mi cuerpo un enajenado territorio. / Mi voz, inaudible. / Mi nombre diluido.
Por tal razón las mujeres hemos comenzado la maratónica carrera de visibilizarnos, ocupar espacios de poder en un sistema creado y nombrado por los hombres. Y lo que en muchas ocasiones resulta cargante para nosotras mismas es cuando forzamos el lenguaje que no construimos nosotras, precisamente para visibilizarnos. Felizmente tenemos noticias de que las altas autoridades encargadas de redactar las ediciones anuales del Diccionario de la Real Academia Española, han comisionado para el tercer milenio, a un grupo de mujeres lingüistas para revisar la edición y salvar las exclusiones, evitar las discriminaciones y eliminar inclusive alusiones denigrantes para la mujer, tal es el caso de la referencia “hombre público” que inmediatamente sugiere un político y “mujer pública”, obviamente una prostituta.
Pasando a otro ámbito, hemos vivido una experiencia histórica como el período revolucionario durante el cual se acostumbró un lenguaje que tenía la intención de contribuir con la igualdad de los/as actores sociales: compañero y compañera. Se acuñó el término orientación para suavizar el de orden. En mi caso, al no estar formada en el marximo, estos hechos los interpreté a la luz de mi filosofía cristiana: el poder como servicio, el poder desligado del autoritarismo, el poder como motivación y no como mandato. No obstante, muchas veces se enviaron memorandum, cuyo tono, pese a las palabras empleadas, eran verdaderas pedradas y la práctica de crítica y autocríta que podía haber sido un saludable ejercicio para equilibrar el poder, se frustró.
En conclusión, pienso que haberme adueñado de mi nombre a través de la literatura, haber forjado mi identidad y poder departir en este foro con todos ustedes varones, por ejemplo, es un logro. Como intelectual me ubico y tengo mi nombre propio en la sociedad que me ha tocado nacer.
Sin embargo en lo relativo al poder político, un contexto que desde el lenguaje no nos convoca a las mujeres implica un verdadero desafío. Entiendo que cuando una mujer asume la Presidencia, tal fue el caso de doña Violeta Barrios de Chamorro, si ella firmaba un Decreto como Presidenta, éste quedaba invalidado ya que el cargo legalmente reconocido es Presidente –O no es así?
No es casual entonces, que el seno del Movimiento Nacional de Mujeres con nuestras colegas centroamericanas estemos reflexionando sobre otras formas de hacer política y ejercer el poder. Quizás, si los hombres se deciden como diría Octavio Paz, a reconocer a su otredad, logremos juntos, hombres y mujeres, gestar otra forma humana del poder que nos incluya a todas y a todos.


Bibliografía:
Miranda Miranda, Nelly. Teoría sociológica contemporánea. Managua, Editorial UCA, 1994.
[tomado de Páginas verdes]
 

 
 

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