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Mujer y
revolución: dinámica de una síntesis
en la poesía de Yolanda Blanco
Francisco J. Peñas-Bermejo*
En el marco de referencia
promocional de la lírica nicaragüense de los
años 70 y del llamado grupo de “Las seis”¹, el
sólido discurso poético de Yolanda Blanco revela
una ruta de ámbitos íntimos que intensifican la
experiencia del entendimiento femenino de la
realidad, de la Naturaleza y del lenguaje por
medio de la articulación de una escritura
coincidente con postulados feministas. Su
reincidente intención por crear espacios para la
mujer y por formular el sujeto femenino
constituyen el eje fundamental de varios frentes
reinvindicativos: su identidad, el
reconocimiento del papel esencial de la
conciencia femenina en la formación de la
sociedad y de la cultura y la necesidad de
eliminar la impuesta subordinación de la mujer a
la mentalidad patriarcal. La creatividad
poética de Yolanda Blanco se perfila, por tanto,
en el contexto de la convergencia de
individualidad e historicidad en una dinámica
establecida por la vivencialidad
fisico-sicológica de la mujer y, también, por el
testimonio de la lucha revolucionaria que
condujo al triunfo del Frente Sandinista de
Liberación Nacional.
En el primero de sus poemarios,
titulado Así cuando la lluvia, late una
emotiva identificación de principios femeninos
en la Naturaleza. La poeta canta el común poder
creativo de la lluvia y de la mujer y celebra
con desbordante alegría la llegada del agua y la
promesa de fecundidad en toda Nicaragua. En su
poema inicial, la personificación de la lluvia
en mujer, que como las ahuaiani se levanta la
bata para bailar, cumple la función expresiva de
originar el discurso poético desde una dimensión
simbólica femenina, característica que se
encontrará en el resto de los libros de Blanco,
y, de esa forma, inaugurar un proceso de
reconstrucción cultural desde la perspectiva de
la mujer. El contacto con la lluvia fomenta un
lazo de intimidad que potencia la recuperación
de la infancia y de la adolescencia, elimina la
monotonía de la vida, descubre la vivacidad de
los colores, elabora una visión bucólica en la
que el tiempo queda transformado en un
permanente presente y la mujer se actualiza en
el amor y en el recuerdo para fundamentar su
existencia y darle sentido: “Ya estoy / ya soy /
la lluvia empapa / mi alma / y mis labios rojos”.
En la segunda parte de Así
cuando la lluvia, denominada “Apariencia de
árbol”, la voz poética busca su expresión en la
comunidad natural e identificación del árbol y
la mujer. Ambos erigen su orgullo de ser, la
sensualidad de su tacto, el erotismo y belleza
de su cuerpo. La poeta se siente dueña de sí
misma y afirma con alegría la frescura y novedad
de su origen natural. Una leve alusión a Sor
Juana Inés de la Cruz evidencia el rechazo de la
concepción patriarcal de la mujer para
manifestar la presencia ineludible del yo
que asume su identidad y la proclama:
-
Necia yo
- si
un día desprecié
- mi
apariencia de árbol.
-
Palpo ahora mi cuerpo de hojas
- de
ramas y de agua,
-
siento en mis labios riendo
-
coludos pequeños y begonias,
- sé
que soy de lima
- de
mimbros
- de
pitahaya
- que
soy de cepas
- y
así voy, crezco y me levanto.
- Yo
-
Yolanda
-
quiero agradecer,
-
borrar de mí ese pasado.
La naturaleza ofrece el sedimento
simbólico de expresión de la conciencia femenina
y el lugar de encuentro y reconocimiento
progresivo. De ahí que en un principio, pájaros
y patos consideren a la poeta una intrusa y se
alejen de ella. Sin embargo, este rechazo llega
a transformarse, finalmente, en fusión con el
mundo natural:
-
Algo de mí reconozco
-
en esa florecita blanca
-
algo de mí se sacude
ese pájaro
-
revoloteando
-
estoy
-
lo sospecho
-
en una piedrita
-
de ese nido de
oropéndolas
-
me levanto
-
y me convierto en árbol
-
me recuesto
-
y soy una yedra
sostenida por un sauce
-
huelo a mí
-
en este palito
-
que destrozan mis
dientes
-
voy en mechas de
maizales
-
estoy amanecida como
esa cañada
-
y soy una hoja seca
-
que soban los venados
-
algo muy mío
-
han transparecido esta
tarde
-
las montañas.
En Cerámica Sol, segundo
poemario de Yolanda Blanco, el rescate de la
palabra primigenia fundamenta el ensanchamiento
expresivo de un lenguaje enraizado en lo
simbólico y en lo mítico que perdura en la vida
a pesar de su olvido. La poeta se convierte en
la sacerdotisa renovadora del poder vitalizador
del sol que impregna vibrantemente la totalidad
del paisaje y de la actividad humana. En los
poemas de Blanco palpita una mágica animación de
la Naturaleza, el enaltecimiento del humilde
trabajo del campo, de la esperanza de la cosecha,
de la labor de las abejas y del ruego al dios-sol
por la experiencia del amor. La revelación de
la armonía de elementos humanos y naturales se
alcanza en un canto que concilia el ciclo
natural y su elaboración mítica. Con versos de
mágica fabulación en que el sol es un niño al
amanecer, un cabro que trepa las montañas por la
tarde y una figura que recoge sus rizos y barbas
emplumadas a la hora del crepúsculo, se describe
el transcurrir del día en el poema “Se cuentan
los pasos del sol”. El sol vivificador desborda
su representación inmediata y se transforma, con
huellas simbolistas, en un enojado sol verde o
en un cariñoso sol pajizo para originar
coloridas imágenes impresionistas que despliegan
la alegría de vivir, especialmente en el verano
y cuando la lluvia y el sol se funden en poemas
como “Aquí se cuenta el abrazo del sol y la
tierra” o en “El nacimiento de la alegría”:
-
Aquí surgió la
alegría florida
-
de aquí surgió.
-
Y fue
-
cuando la delgada
lluvia
-
y el pajizo sol
-
en la altura redonda
del cielo
-
se sentaron.
-
-
Así nació la alegría
del tigüilote
-
y así nació la alegría
del cortés
-
y así estuvieron las
frutas en su punto.
-
El poema
“Canto a los soldados del sol” rompe la tónica
de este libro, pues en un acto ritual, Blanco
erige un altar al sol para animar a los soldados-amigos
que buscan recuperar la tierra y su función de
alimentar a la gente. En la lírica de Blanco,
este poema supone la primera llamada a la acción
contra la injusticia y la declaración de una
guerra que se convertirá en gesta heroica y
sagrada. El “yo” de la poeta, con sus señas
identificadoras (nombre y ciudad en que vive)
indica su compromiso con la causa y se trasmuta
en un animoso nosotros ante la lucha que se
avecina: “Que no sea afligido el cnto que
entonamos / Que suene el justo tambor de la
sagrada guerra / Que no se oculten las miradas /
Que no se quiebre el corazón”. En esta línea se
desarrolla su siguiente poemario, Penqueo en
Nicaragua, escrito durante la lucha
revolucionaria del pueblo nicaragüense contra el
régimen somocista. Injusticia y justicia,
acción y reacción son los ejes discursivos que
gobiernan una estructura consolidada en el valor
y en la esperanza de victoria, como aparece en
el poema “Un pueblo arrecho”: “¡Adelante pueblo
/ Ahora / adelante siempre!”. Con gran fuerza
emotiva, la poeta destaca el heroismo y
extraordinario coraje del barrio indígena de
Monimbó que llevó la vanguardia en el combate
contra el Sembrador de las Flores del Horror,
flores cortadas de los cadáveres, de las fosas
comunes, de las lágrimas por la sangre derramada.
La cruel destrucción, el hambre y las masacres
se convierten en los signos definitorios de la
tiranía contra la que se rebelaron la mayoría de
los sectores sociales del país.
La
transformación de la alegría en tragedia aparece
con insistencia en Penqueo en Nicaragua.
En el bello poema “De cómo el pueblo amado se
llenó de sangre”, la sensualidad, el ambiente
festivo y la paz que sugiere la variedad de
dulces que se encuentran por toda Nicaragua
produce un efectivo contrapunto en el que se
realza la realidad de la guerra, el antes y el
ahora: “¿¡Y que el bienmesabe llene tu boca de
sangre!? / ¿¡Y que no sepan más que a odio los
gofios!? / ¿¡Y que el hojaldre entre tus dientes
como las granadas estalle!?”. Las actividades
indígenas diarias como hilar la pita, entrelazar
el yute, tejer hamacas o alfombras, trabajar la
cerámica, hacer bordados, la música y el baile
representan un pasado trocado en metralla,
bombas, barricadas y muerte. Las acciones del
ejército somocista provocan una reacción
valiente de la gente, una toma de conciencia de
que la supervivencia del tirano o “nosotros” que
es el pueblo, reside en el éxito de la causa:
“El tirano no quiere una Nicaragua verde / sólo
una roja sangre / Nosotros tenemos una esperanza
/ está con nosotros” (“Parte sandinista”). El
dolor y la esperanza se suceden conmovedoramente
recordando a los guerrilleros sandinistas
muertos, la nobleza de su empresa, su juventud.
Los colores de la bandera sandinista, el negro y
el rojo, emergen por todo el libro para expresar
el contraste entre el luto y el fervor, la
opresión y la libertad. La denuncia de
atrocidades, las condenas por insurgencia, los
testimonios de masacres, los nombres de los
muertos, la pobreza, la orfandad, la
mutilización, la aflicción…crean una voz plural
solidaria de lucha guiada por la consigna
“Patria libre o morir” en la que se anticipa un
himno de victoria. La injusticia del tirano y
la justicia de la revolución fundamentan los
hermosos versos de la poeta guerrillera en que
afirma, con recuerdo de San de la Cruz, estar
preñada de amor revolucionario, una indeleble
unión totalizadora en la que el Amado es el
Cambio y la Amada es ella entregada a la
liberación de Nicaragua con las armas y con el
canto.
La
participación de la mujer en las fuerzas
revolucionarias (recuérdese que un tercio estaba
constituido por mujeres) cumple la función,
además de la defensa nacional, de ampliar el
significado de la Revolución para proyectarlo a
una concepción de la vida. Si como dice Ileana
Rodríguez en su libro Women, Guerrillas, and
Love, la narrativa de la revolución se
construye primero en torno a la figura del
guerrillero y después como vanguardia,
partido, líder y gobierno y todas estas
denominaciones corresponden a un “Yo” masculino
que no incluye a la mujer como sujeto, la poesía
de Yolanda Blanco responde en algunas
composiciones a esta característica como en
“Toman la palabra analizando” o “Vemos en la
prensa las fotos de los guerrilleros muertos”.
Sin embargo, en otras trae a un primer plano la
reivindicación de la presencia femenina en la
lucha como en “Penqueo en Nicaragua” cuando se
pregunta: “¿Y qué sacar en limpio de esto y
aquesto?…/ Del jodido y del ñeque apasionados de
mujeres y varones sandinistas?”. O, también,
transcribe la perspectiva testimonial de la
mujer guerrillera, la mujer poeta, la voz de la
madre…como medio de introducir un discurso
bitextual que confronte la tradición patriarcal
y se abra paso en la construcción de un espacio
expresivo femenino. En este sentido, la
declaración en 1969 sobre “La emancipación de la
mujer”, recogida por el programa histórico del
FSLN en su punto VII, empezó a abrir el camino
de la abolición de la discriminatoria situación
de la mujer e impulsó su igualdad económica,
política y cultural. De ese modo, ofreció un
marco inclusivo a la creación artística que, en
el caso particular de algunas poetas, solidificó
su participación revolucionaria y les sirvió
para inaugurar un lenguaje distinto en sus
presupuestos y en sus propuestas.
Daisy
Zamora explica acertadamente que la revolución
es una de las constantes temáticas en la poesía
nicaragüense de mujeres. Esta poeta-crítica
establece tres vertientes características: 1)
Poemas testimoniales sobre la lucha armada y la
experiencia guerrillera; 2) Poemas que denuncian
las relaciones injustas y la doble moral de una
sociedad tradicional y machista; 3) Poemas que
tratan de definir las aspiraciones de las
mujeres en una sociedad revolucionaria. Parte
de la lírica de Yolanda Blanco se ajusta a esta
estructura tripartita. Sin embargo, sus
composiciones se alzan desde la concreción
revolucionaria y desde el contexto
socio-cultural nicaragüense para asumir, también,
una perspectiva universalizadora cuyo centro es
la mujer, especialmente en su libro Aposentos,
aunque en los anteriores ya aparezcan
indicaciones de esta preocupación.
A los
poemas de Aposentos les precede una cita
de Rimbaud declarando que las poetas existirán
cuando la mujer se independice del yugo del
hombre y “viva por ella y para ella”. La
primera de las dos partes del poemario,
denominada “Mistagogia”, es decir revelación de
una doctrina oculta o maravillosa, señala una
decidida penetración en una nueva concepción del
mundo, en los sagrados misterios de la realidad
y narrativa femeninas para instaurar un lenguaje
propio de la mujer independiente del discurso
patriarcal, según aparece en el poema que abre
el libro, titulado, “Iniciación”:
-
Y me dio esta
oración
-
para decirla tan
sólo
-
a las horas de la
sangre:
-
-
Aprendo del
menstruo
-
Forjo mi
contigüidad con la luna
-
De la ubicua tierra
-
arranco mi fuerza
-
-
Sé que mes a mes
hay un hijo que me sueña.
En poemarios anteriores, Blanco había
manifestado su identificación con elementos
naturales como la lluvia o el árbol. En
Aposentos, los ciclos lunares y menstruales,
el cuerpo, el sexo, la flora y el género
fundamentan un proceso en el que la mujer
produce su propio lenguaje como confluencia bio-síquico-cultural.
De la misma manera que las fases cambiantes de
la luna, la mujer escapará a la definición
esencialista utilizada por el discurso patriacal,
o sea aquella que le atribuye características y
atributos fijos y funciones ahistóricas que
limitan las posibilidades de cambio y de
reorganización social, como afirma Elizabeth
Grosz. De ahí que Blanco reclame una nueva
aceptación de la mujer, más allá de establecidos
convencionalismos: “Igual que a luna alzada en
alta noche / habrás de verme… / la misma y otra
/ en curvo / extático / mistagógico ocurrir” (“Lunas”).
Como mecanismos expresivos de la renovada mujer,
el discurso poético desvela abiertamente su
diferente intimidad. La menstruación se
convierte en el ámbito generador de las fuerzas
creativas que esperan su virtualización. Los
símbolos femeninos como la leche y la miel
matizan la exclusividad de una experiencia que
se realza con la revalorización del cuerpo de la
mujer, su sensualidad y sexualidad inscritos en
el texto.
Caderas, senos, cabello, piel, muslos,
pubis, falopios, endometrios, ovarios se
singularizan frente a la tradición masculina
para destacar, como establece la ginocrítica, el
discurso oprimido y el dominante, una
concienciación que cuando se interpreta como un
fenómeno sociopolítico y no individual conducirá
hacia un sistema social más humano, según afirma
Greg Dawes. Sin embargo, el proceso no ha hecho
sino comenzar, porque como expresa Ileana
Rodríguez, las mujeres todavía sueñan con una
sincera aceptación de su sexualidad y libertad
de elección, expresada principalmente como
posesión de sus cuerpos —vientre, vagina e
inteligencia—… y también con su politización
para estipular el derecho a su propio cuerpo en
la legislación. El enaltecimiento del cuerpo
femenino cumple el objetivo de cuestionar y
trastocar un opresor orden social, cultural y
lingüístico establecido que fomenta una suerte
de exilio interior para la mujer, porque según
explica Julia Kristeva: “La mujer está atrapada
en las fronteras de su cuerpo e incluso de su
especie y, consecuentemente, siempre se siente
exiliada por clichés generalizados que
construyen un consenso y por los propios poderes
de generalización intrínsicos en el lenguaje”².
Yolanda Blanco hace confluir el ámbito
corporal y poético de la mujer mediante la
potencialidad expresiva del estro, un gozne
simbólico que irradia una doble significación:
por una parte, el estro describe el período de
celo o ardor sexual en los mamíferos y, por otra,
se refiere a la inspiración ardiente de la poeta
al componer su obra. Ambas realidades son
connaturales y su indeleble y alquímica unión y
libertad se reclaman frente a la mentalidad del
hombre pequeñito de Alfonsina Storni y la
reivindicación mítica de la mujer, la
autocontemplación y autosuficiencia de una
Narciso femenina y de la ninfa Eco, como pueden
interpretarse los versos finales del poema
“Necesaria Narciso”: “¿Rehuir de mi sexo? / ¿Atarlo?:
/ Bendecirlo concibo / y alzarlo. / Necesaria
Narciso / Ninfa Eco”³. El cuerpo se convierte
en texto revolucionario de lúcida exaltación
femenina con el fin de reclamar la diferencia de
un “mí-distinto / mí-mismo” (“Fue el azar”) que
socave la vejadora mentalidad machista que
aparece en el poema “Las rosas violatas”. El
testimonio y la protesta “transida de dolor e
ira”, como manifiesta Zamora surge con
frecuencia para denunciar la consideración de la
mujer como “Humana de segunda” / “Costilla
secundaria” / “Macho castrado” / “Cuarto mundo”
(“De un mundo feliz”, su encadenamiento a las
labores del hogar en concordancia con el tópico
del ángel en la casa de Virginia Woolf (“Acontece”),
su sumisión al hombre (“Metros”), su pérdida de
la conciencia femenina de la opresión (“Por la
calle…”, “Cosas de mujer”) y su pasividad ante
su degradación transformándose, con recuerdo de
Hobbes, en una “Mujer loba de la mujer” que
perpetuará esta situación “Per secula seculorum”.
La poesía de Yolanda Blanco profundiza
en la reivindicación de la nueva mujer, aquélla
que da las gracias por su sexo, que se
identifica con la luna, que ensalza el menstruo,
que enaltece la erogenidad del cuerpo, que
denuncia los vilipendiosos códigos y la
subordinación a la mentalidad patriarcal para
erigir su diferencia: “Porque son distintos /
pene clítoris / falopios epidídimos” (“Mujerema”).
La escritura del cuerpo femenino se convierte
así en un sólido mecanismo de competición con el
discurso patriarcal y, por ello, constituye un
acto de insurrección contra el sistema imperante
similar al de las Antígona, las Rafaela Herrera
o las Luisa Cáceres (“Insurrectas”), una
revolución que, en concordancia con los tiempos
postmodernos revaloriza la pluralidad y la
diferencia humana y discursiva, y que concluirá
en triunfo como el de Nicaragua (“Inventario
mínimo”, “La independencia”):
-
Encierro un
ordenado despliegue hormonal de azucenas
-
-
Hipervivo
-
Gemelos cerezos
-
están presos en mí
-
Son mis gloriosos
quince de septiembre
-
declarando ufanos
la Independencia.
Desde el principio de su producción,
Yolanda Blanco ha ido perfilando un diferenciado
discurso femenino, aunque sea una empresa de
difícil realización por la consolidación socio-histórica
y cultural de la tradición patriarcal, como se
reconoce en el poema “Tu palabra de conquista”.
Sin embargo, la poeta nicaragüense procede a
transgredir el lenguaje hegemónico mediante una
penetración subversiva en lo simbólico para
representar una doble relación, auténtica e
imaginaria, frente al ser del mundo o la
estructura de lo real, como sugieren los versos
de “Metros”: “Yo inicio mi alfabeto de mujer /
Ajena a sus metros / propongo otros: / extraños
/ repugnantes / deliciosos / otros”.
El eje expresivo desecandenante de la
escritura se centrará en la fertilidad corporal
y creativa de la mujer para conformar un espacio
utópico en el seno de la nuturaleza y de las
fuerzas cósmicas, según mantiene la estética
ecofeminista. El sexo se singulariza como
semilla simbólica y fuente fundadora del
universo y de la imaginación para facilitar la
articulación del proceso poético que, además,
incorpora la revalorización del habla y el
léxico de Nicaragua fundamentados en su
pluralidad étnica. Desde un principio, los
poemas de Yolanda Blanco manifiestan una
consustancialidad creativa de la mujer y la
lluvia, de la mujer y el árbol, de la mujer y el
sol, que, en el fecundo abrazo de la Naturaleza,
precisan el cuerpo femenino como aposento de la
vida y origen del poema en alquimia interior
4. Además, se recrea, en ocasiones,
el espíritu de autosuficiencia de la mujer como
reflejo de la flora, especialmente de las
plantas angiospermas y fanerógamas, aquellas que
encierran en sí mismas los dos principios
reproductores.
La mujer, sin embargo, aboga por la
igualdad socio-cultural con el hombre y, por
ello, agradecerá su cortesía cuando no sea fruto
de la condescendencia, según expone el poema “De
humana a humano”. Al mismo tiempo, la poeta
tiene conciencia de la dificultad de transgredir
el discurso patriarcal y dirá: “con tu palabra
de macho / hablan estos labios míos” (“Tu
palabra de conquista”), y esta preocupación ha
sido compartida dentro de la teoría feminista
para profundizar en las suposiciones sociales,
culturales y psicológicas impuestas por la
diferencia sexual. Como señala Elizabeth Grosz,
“no puede haber una posición feminista que, de
alguna forma, no implique las relaciones de
poder patriarcales”. Una actitud reciente ha
sido aceptar tácticamente el uso del discurso
patriarcal para poder, desde él, proceder a una
crítica efectiva. Yolanda Blanco concuerda con
este camino de acción cuando invita al hombre a
transformar el orden social y simbólico: “Para
ser un mundo / cuentas conmigo. / Para hacer
otro Mundo / cuento contigo” (“Comuniones”).
El derecho de ser y actuar de forma
diferente refleja la multiplicidad de tensiones
que caracteriza a la época postmoderna. Los
versos de la poeta nicaragüense testimonian la
impuesta estigmatización de la mujer mediante
patrones limitadores y, también, el canto a la
libertad, a la superación de su entendimiento
simplista y tradicional para descubrir un mundo
femenino rica y complejamente distinto, el de
una doble naturaleza participante e
independiente de la actual construcción cultural
según la simbolizan en el ámbito de la
Naturaleza los animales híbridos: “Anfibia soy /
Ornitorrinca / Marsupial” (“A una niña del siglo
futuro”). En la admirable y sugerente poesía de
Yolanda Blanco, la conciencia de ser mujer se
traduce con un lenguaje revolucionariamente
diferenciador que elogia la sensualidad y
sexualidad del cuerpo para reclamar la validez
de un discurso femenino que se erige en la
síntesis de un proceso histórico y personal
abierto al futuro, como manifiestan los
emblemáticos versos de su poema, “Oración”:
-
En nombre del pubis
-
y de los senos
-
y de la santa mente
-
crezca mujer
-
-
Amén.
*profesor
de la University of Dayton, Ohio, EE.UU.
NOTAS
1. Así se conoce
al grupo integrado por Rosario Murillo, Michele
Najlis, Yolanda Blanco, Vidaluz Meneses,
Gioconda Belli y Daisy Zamora. En ocasiones,
también se incluye a Ana Ilce.
2. “A woman is
trapped within the frontiers of her body and
even of her species, and consequently feels
exiled both by general clichés that make up
a common consensus and by the very powers of
generalization intrinsic to language.”
3. Véase, en
este sentido, el revelador y subversivo poemario
Narcisia de la española Juana Castro.
Múltiples coincidencias acercan a estas dos
poetas a lo largo de sus obras.
4. Véanse, entre
otros, los poemas siguientes: “Las gotas…”, 4,
“La brisa…”, 6, “Recogimos anoche…”, 16, “Una
calle…”, 18, “No me canso…”, 19, “Trato…”,
22, “Me he propuesto…”, 24, “Si al agitar…”,
26, “Cuando al mediodía…”, 27, “Caminé…”, 31,
“Café de guayabo…”, 37, en Así cuando la
lluvia; “Que sea día…”, 80, “Venga el sol…”,
81, “Igual que bebidas…”, 82, “Con toda la voz…”,
83, en Cerámica sol; “Aposentos…”, 15,
“Preñez…”, 17, en Aposentos. |