P O E S I A   P E R E G R I N A

 

 
 
YO
 
Poema de Azarías H. Pallais (León, 1884-1954)]
 
Yo soy muy “discutido”, yo soy muy “insincero”,
yo soy muy “sospechoso”; Güelgos y Gibelinos’
han dicho que soy “loco”, ¡muchas gracias!  Yo quiero
vivir con Francis Jammes en los bellos caminos.
del silencio; muy lejos de aquellas doctorales
ínfulas, mis poemas no saben de etiquetas,
ni tampoco celebran comedias oficiales,
ni lugares comunes, ni aprendidas recetas.
Tengo unos cuatro amigos, por ellos he rezado:
Hermano, si en tus ojos de niño y de poeta
hallan gracia mis versos, seremos Alfa y Beta
del Centauro, seremos un dístico sellado.
Los árboles, los ciervos, las ardillas, las cabras,
Y el lucero –la niña de mis versos lejanos-,
y el silencio que dice las mejores palabras,
son, entre las criaturas mis queridos hermanos.
Nuestra hermana la lluvia, la luz recién nacida,
las dulces veraneras del camino lavado,
y las niñas muy niñas, encanto de la vida,
me dieron los silencios del árbol encantado.
Me deleitan los griegos y Homero más que todos,
La Divina Comedia, Don Miguel de Cervantes,
señor de vidas vivas, príncipe de los modos
y recreo perenne de los Pablos andantes.
Los versos silenciosos de Fray Luis de León
y la francisjamesca voz de las “florecillas”
de Francisco; suspira mi pobre corazón
por todas las criaturas humildes y sencillas.
Todos los bien medidos hexámetros latinos,
Cicerón con sus libros –prosa de arte mayor-,
y las catorce cartas de números divinos
que escribió a las iglesias Pablo el Conquistador.
Shakespeare, Santa Teresa, los cuentos de camino,
Andersen, Las Mil Noches, Perrault; soy Scharazada,
cuento las aventuras de Simbad el Marino,
mientras pasan las horas de la noche sagrada.
Voltaire y Vargas Vila, los odia plenamente
toda mi inteligencia, todo mi corazón;
lejos de los blasfemos, muy silenciosamente,
muy con las manos juntas, como los niños son.
Rodenbach con su “Brujas la Muerta” me fascina,
Jammes con sus miradas profundas y lejanas
me habla más en un verso de sencillez divina
que todos los Zorrillas y todos los Quintanas.
De la Escuela Flamenca, de la Escuela Española,
quisiera ser Velázquez, quisiera ser Rembrandt,
quisiera los colores donde la luz se inmola
y los ojos dichosos en siete planos van.
Me placen los austeros monjes benedictinos
porque nadie los mienta, porque son apartados:
ninguno los ha visto por los malos caminos
de ciertos pseudo-frailes muy bien relacionados.
Me encantan las ingenuas mayúsculas floridas
y los frailes menores de Francisco de Asís;
y las legas, estrellas de luces encendidas,
y la blanca nobleza de las flores de lis.
¿Los yankes?  Y pintadme las fauces muy abiertas
de un cocodrilo egipcio -¡ya pasa el faraón!
Somos cinco pequeñas soberanías muertas,
¡contra toda razón! ¡contra toda razón!
Y creo que son todos los que mandan iguales,
¡sigue la tiranía, sigue la tiranía!
Bajo la noche negra de pecados mortales
¡Cristo es único dueño de las rosas del día!
 

 
AUTOBIOGRAFÍA
 
            Poema de Alfredo Alegría (Honduras, 1899-Jinotega, Nicaragua,1974)
 
Me crié como un becerro
al pie de la montaña segoviana.
Lactando en sus ubres gigantescas
di los primeros topetazos.
Y me embriagué de cielo,
de luz y sones de agua
en los arroyos zarcos que saltaban
de la profunda y maternal entraña.
 
Fui a la escuela.  Lecciones.
Recreos con sopapos.
Don Luis F. Mantilla
iba de mano en mano en los encaños.
Pero una mañana el maestro dijo:
“Aquí está ahora El Lector Americano”.
 
Luego la guerra, la pobreza…¡tanta!
Se cerraron las aulas
y fui a buscar patrón a los doce años.
(Sacudido y sangrante
llegaba a mis oídos el dolor de la patria).
 
Hice de dependiente.  Y en un jardín, jugando,
llegó el primer amor mariposeando.
Tímido amor sin besos.
Matinal silabario.
Vela en rosada barca.
(Temblaban mis doce años
al eco musical de su palabra).
 
Después andanzas.  Cielos.
La insinuación del alba.
Versos.  Romances.  Locuras de muchacho.
Desengaños de hombre.
Rezos de amor al pie de carnales estatuas.
 
Futilezas profundas.  Lo de siempre.
El rodar de una lágrima.
La temprana inquietud por los caminos
en busca de algo vano,
de una meta imprecisa.
La terrenal manzana.
Las uvas rezumantes de la viña del diablo.
Amor que arriba un día
vencedor y cantando.
Frutos que se desgajan:
Hijos.  Mi cosecha de hombre.
Partir la peña diaria del trabajo
en el feudo del amo.
Y la estrella dormida en la distancia,
y esperar que amanezca en la esperanza.
 
Mas no estoy triste, no, ni estoy alegre.
Creo en Dios.  Creo en la Vida.  En el mañana.
En el Bien.  Amo el sol.  Tiemblo de amor.
Y creo en la victoria de quien ama.
 
Y esta es la historia mía.  ¿Qué te importa
una historia tan simple, tan Juan Lanas?
Pero al menos dirás, hermano mío,
que soy sincero como un chorro de agua. 
 
(de Sonata de Sueños, Jinotega, 1954).
 
 

PERFIL
 
Poema de Manolo Cuadra (Malacatoya, 1907-1957)
 
Yo soy triste como un policía
de esos que florecen en las esquinas
con un frío glacial en el estómago
y una gran nostalgia en las pupilas.
 
Pero yo dejé la clava
y me puse el alma en la mano.
 
A mis pobres nervios enfermaron
tantas babosadas municipales:
calles inexpresivas
como películas americanas.
 
(Los peluqueros no tienen alma,
proclama mi barba sucia).
 
Yo soy triste como un policía
de esos que florecen en las esquinas
con un frío glacial en el estómago
y una gran nostalgia en las pupilas.
 
Pero yo olvidé el silbato
y me puse el alma en los labios.
 
(Rivas, 9 de agosto de 1928)
 
 

NUNCA HUBO TIEMPO
 
            Poema de María Teresa Sánchez (Managua, 1918-Ídem, 1994)
 
Cuando yo iba a nacer
el médico que iba a atender a mi madre llegó tarde
porque el parto se adelantó y yo nací rápido
para ver este maravilloso mundo.
 
No hubo tiempo para que fueran mis padrinos señalados,
porque a mi futura madrina la operaron de emergencia
y en el alboroto se les olvidó avisar.
Así que el Arzobispo se ofreció para ser mi padrino.
 
No hubo tiempo de conocer a mi padre,
porque antes de los dos años se murió.
 
No hubo tiempo para vivir con mi madre
porque ella se casó
y mi abuela no aceptó que fuera con mi madre.
 
No hubo tiempo para que el Niño Dios me trajera mi bicicleta
porque la doméstica de la casa me la enseñó
donde estaba escondida
y nunca hubo ya para mí Navidad con sorpresa.
 
No hubo tiempo para que me celebraran mi Primera Comunión
porque yo me adelanté
y la había recibido sola mucho antes.
 
No hubo tiempo para que estudiara en Managua
porque cuando fueron a matricularme
ya estaban cerradas las matrículas.
Así terminé en un internado en Granada.
 
No hubo tiempo para que me celebraran mis quince años,
porque ese mismo mes yo esperaba mi primer niñito.
 
No hubo tiempo para asistir al sepelio de mi abuela
porque yo estaba fuera de Nicaragua.
 
No hubo tiempo para continuar mis labores culturales
porque me quitaron mi imprenta
por haber escondido a un joven que lo buscaban
vivo o muerto.
 
No hubo tiempo de, tal vez, salvarle la vida a mi hijo,
porque el teléfono
Comunicaciones lo tenía desconectado.
 
No hubo tiempo cuando me enamoré de nuevo,
el hombre de mis sueños ya estaba casado.
 
Ahora sí hay tiempo para llorar, para olvidar,
para mis desengaños
y para rezar.
 
 

AUTOSONETO      
 
            Poema Octavio Robleto (Chontales, 1935)
 
Lo primero que tengo, que todo justifico.
Ya sea bueno o malo, yo todo me lo explico.
Sólo en lo ruin y necio de eso no testifico.
En lo bello y lo hermoso mi atención aplico.
 
Como yo soy humano, lo humano santifico.
No hago dioses de barro, esto no glorifico.
Si he cometido errores, yo mismo rectifico.
Mis vicios y virtudes, los callo, no publico.
 
Mi vida está verde, quiero verla madura,
a veces considero que es muy triste y que es dura
pero hay momentos plenos de paz y de ternura.
 
Sé que el tiempo es corto, que marcha con premura,
sé que hay desperdicio de vigor y cordura
y sé que estoy haciendo mi propia sepultura.
 
(El día y sus laberintos; Editorial Universitaria; 1976).
 
 

SOY OTRA
 
            Poema de Ligia Guillén (Estelí, 1940)
 
Soy otra,
no busques mi ternura, quedó donde
no alcanza la memoria.
Dolor de vida que obliga a vestirse
con filos de hojalata.
 
No tengo
con el presente, ningún lazo de sangre.
Para purificar mi soledad no sobaré
recuerdos, ni aún el sonido de dos besos
al oído que llenaron por años unos días.
 
No te comportes
como ese demonio que me acosa,
los sueños me gastaron el tiempo
y nunca desperté.
 
No tuve,
no poseo,
no recuerdo.
Porque no conocí la redondez de la manzana
estoy limpia.
 
Soy trino
y una.
Estreno este camino con nuevas palabras
para nombrar las cosas.
-Lo que tiene lengua para hablar no calle-.
 
 
 

AUTORRETRATO
 
            Poema de Jorge Eduardo Arellano (Granada, 1946)
 
¿Qué cómo fui o crei que era?
Chirizo y castaño de pelo, ancho de frente,
franciscano de mano, potente y convincente de voz,
carnoso de labios, insaciable de cariño,
sólido de nariz, de rápida mirada transfinita;
concentrado e hiperbólico siempre, relampagueante
en ocasiones, agónico poeta reincidente.
 
Nuca de toro, piernas de coloso,
abdomen tendiendo a la desmesura, fallido
gourmet, limitado bebedor, parco
de mujeres, acérrimo enemigo del humo;
claro de razones, de corazón sincero, altivo
y desdeñoso del adversario, moridor con el amigo,
apasionado por las causas perdidas, inmodesto
monologante, volcánico, todo nervio
e impaciente; por instinto, indígena; español
por deseo, alma y conciencia; mestizo por obra y legado;
alemán por disciplina, inglés por nombres de pila,
granadino por amor y formación, pinolero por vocación y gracia de Dios.
 
Vecino del Gran Lago, El Caimito y La Calzada,
matagalpino consorte, habitual huésped californiano,
fanático de Clint Eastwood y Robin Hood,
admirador de Robinson Crusoe y Nueva York,
esclaerecedor de grandes minucias, consuetudinario
lector, obsesivo y obsequioso, armador de revistas
y amador de tardes melancólicas, de lacustres y marítimos sitios,
viajero del aire infatigable, cada vez más temeroso;
incorregible, hiperquinético y diabético
controlado; experto navegante por los insondables mares de la imaginación,
pero que se ahoga, con facilidad, en un vaso de agua.
 
[Santiago de Chile, 28-03-98]
 

 
EL HOMBRE-CINE
 
            Poema de Franklin Caldera
 
¡Mejor hubiera pasado riéndome con Onfalia
o navegando con Isthar las noches de insomnio
derrochadas viendo películas de actores muertos!
 
Quizá tendría una actitud más resuelta ante la vida
si de niño hubiese declarado mi amor a las vecinitas,
evitándome semanas de trastornos sicosomáticos
atormentado por la muerte de Elizabeth Taylor
en “La última vez que vi a París”
o las reacciones que me producía Leslie Caron
con su tutú de muselina blanca en “La zapatilla de cristal”.
 
¡Tanto atardecer perdido batiéndome con los arbustos,
imaginándome Tony Curtis en “El Escudo Negro”;
o corriendo al trote como Gene Autrey y Roy Rogers
en las películas de vaqueritos que pasaban en las matinales!
 
¡Cómo iba a madurar aquel joven abogado de portafolio
con las neuronas sobrecargadas de imágenes ladeadas
arrancadas de películas expresionistas, realistasocialistas,
poeticorrealistas, neorrealistas, posneorrealistas
o de la bienamada “nouvelle vague”!
 
¡Por qué no utilicé en aprender a desarmar computadoras
el tiempo gastado acumulando botellas de cerveza vacías
en mesas de restaurantes chinos, remembrando
con Mario Cajina Vega, Ramiro Argüello y Juan Velásquez
los encantos susurrantes de Mylene Demongeot,
Catherine Spaak, Elsa Martinelli o Bernardette Lafont!
 
Y entre campos/contracampos, panorámicas y travelines,
tiempo hice para leer la Biblia, la Ilíada, El Quijote…
Pero acostumbrado a lidiar con los demás,
inmóviles y silenciosos,
en el entorno rigurosamente compartimentado de un cine,
difícil me es hallar con quién discutir
la arenga a los cabreros, el origen de los mirmidones
o si la vida espiritual continúa en el momento de la muerte
o se interrumpe hasta “Il Giudizio Universale”.
 
¡Yo, incapaz de hacerle daño a una mosca,
reconcentrado siempre en imágenes de corsarios,
odaliscas, mujeres fatales, apaches-chiricahua y vampirólogos,
causo miedo a los niños y a las visitas!
Mi esposa me ve como ser de otro mundo.
Mis hijos me tratan a distancia;
excepto el mayor, comediante de micrófono,
medio poeta y aficionado a las películas incomprensibles,
que se pasa la vida dando saltos de un lado para otro
como vikingo tuerto con hoyuelo en la barbilla.
 
 

ALGO DE MÍ
 
            Poema de Yolanda Blanco (Managua, 1954)
 
Algo de mí reconozco
en esa florecita blanca
algo de mí se sacude ese pájaro
revoloteando
estoy
lo sospecho
en una piedrita
de ese nido de oropéndolas
me levanto
y me convierto en árbol
me recuesto
y soy una yedra sostenida por un sauce
huelo a mí
en este palito
que destrozan mis dientes
voy en mechas de maizales
estoy amanecida como esa cañada
y soy una hoja seca
que soban los venados
algo muy mío
han transparecido esta tarde
las montañas.
 
 

 ELLA Y YO
 
            Poema de Blanca Castellón (Managua, 1958)
 
Mi enemiga tiene nombre de luna.
Escribe y le gusta mirarse en las frutas
cuando deciden abandonar la rama.
Les sigue la pista hasta verlas convertirse en el fuego
donde funde cadenas que sus pies no soportan.
Siempre está merodeando las piedras
y las interrogaciones y los silencios.
Con esa sustancia embadurna las hojas
y cuidadosamente las esconde del viento.
Jura y perjura que las aguas del río
corren felices hacia tus manos
para obligarlas a posarse en su vientre.
Mi enemiga es blanca y te ama igual que yo
cuando no pienso en nada.
Cuando cierras los ojos y me besas simplemente la frente.