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A MI MADRE
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- por Rubén Darío
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- Soñé que me hallaba un día
- en lo profundo del mar:
- sobre el coral que allí había
- y las perlas, relucía
- una tumba singular.
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- Acerquéme cauteloso
- a aquel lugar del dolor
- y leí: “Yace en reposo
- aquel amor no dichoso
- pero inmenso, santo amor.”
- La mano en la tumba umbría
- tuve y perdí la razón.
- Al despertar yo tenía
- la mano trémula y fría
- puesta sobre el corazón.
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- (De Rubén Darío. Poesías inéditas,
Visor, Madrid, 1988)
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LAS MADRES DE ELLOS
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- por María Teresa Sánchez (Managua,
1918-ídem, 1994)
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- Ellas,
- las de los graves héroes, las pálidas,
- las que perdieron en la montaña un hijo
- y al otro ya han perdido.
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- Ellas,
- con honda amargura no cerraron los ojos
- de sus hijos al fragor caídos,
- ni enjugaron sus rostros con sus lágrimas.
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- Pero dicen:
- pariremos nuevas criaturas para otras guerras
- y otras agresiones,
- y están duras y fieras al decirlo.
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- Dicen: buscaremos también nuevos maridos
- que defiendan con su sangre nuestra tierra.
- Y el hijo y el marido y el hermano
- luchan en las montañas,
- mientras siguen, heroínas silenciosas,
- solas, siempre de pie, las madres.
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- (En La mujer
nicaragüense en la poesía.
Editorial Nueva Nicaragua, Managua, 1992)
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TREN PARA CHINANDEGA
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- por Carlos Martínez Rivas (Guatemala,
1924-Managua, 1998)
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- Allí donde nació mi madre, quiero
- hallar esposa y nueva madre mía.
- Uncir al resplandor de un ancho día
- rural, mi amor final con el primero.
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- Suave carga será, yugo ligero,
- pues amándola a ella ya aprendía
- a amar mejor a la otra que vendría
- cerca de mí, cuando su adiós postrero
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- en sequedad dejárame postrado.
- Déseme rehacer, de la perdida
- profunda unión el desatado nudo,
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- en nueva lid, con Lía, bien aliado,
- lucharé oponiendo a muerte, vida,
- embrazando su abrazo por escudo.
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- Agosto 15, 1954
- Festividad de la Asunción
- d la Virgen María
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LA TEJEDORA DE
PRODIGIOS
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- por Ligia
Guillén (Estelí, 1939)
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- A mi madre al cumplir en el exilio
sus 80 años.
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- Soy Ligiantonia,
nieta de Eudocia,
- la que hablaba con los pájaros-
- hija de la que fuera bautizada
- Gonzalina Nicanor de las Mercedes
- y a quien la vida, que es sabia,
- cambió de nombre y la llamó
- “La Tejedora de prodigios”.
- Estoy aquí para contar su historia.
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- Muy joven estrenó maternidad
- alumbrando doble vida,
- doce veces fue madre y en la sexta
- se salvó de milagro.
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- Emprendió la crianza de sus hijos
- con las manos llenas de esperanza.
- -Manos de cornucopia-
- manos prodigiosas que durante 80 años
- han hecho milagros cotidianos.
- Que cultivaron el Jardin Encantado
- de mi infancia poblado de seres
imaginarios,
- de bellos caballeros que rescataban
princesas
- y vencían con la mirada dragones
infernales.
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- Manos de Gonzalina –abejas
incansables-
- que mis ojos de asombro vieron
fabricar
- las mas exquisitas golosinas para
satisfacer
- las gulas infantiles que no tenían
fondo.
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- Hacedoras de panqueques, pasteles de
piña,
- nevadas biscotelas, ayote en miel,
güirilas.
- Que en la hacienda segoviana
- cocinaron la carne del venado, el
cusuco,
- el tepescuintle, la paloma y hasta
del mono.
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- Manos que arrullaron los sueños de
siete años,
- aliviaron las fiebres, expulsaron
lombrices,
- mataron garrapatas y tejieron
trenzas-niñas.
- Esas manos, dueñas de la ternura
atendieron
- enfermedades de los pobres y de los
animales.
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- Cuando cumplió su tarea de criar a la
familia,
- y el cumiche de los hijos emprendió
su camino,
- Gonzalina se sentó a la sombra de su
casa
- -al lado de su Camilo-
- y empezó a pintar el paisaje de la
patria
- que llevaba a cuestas en el alma.
- puso en las telas la flora y la fauna
- de los cuatro costados de su amada
Nicaragua.
- de Kisalaya a San Juan,
- de Chinandega a Río Grande,
- del Pacífico al Atlántico,
- de Estelí a Cabo Gracias.
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- No conforme con eso pintó también
- la nieve, el Otoño, la exuberante
primavera
- del Potomac en Washington
- donde buscaron refugio sus canas.
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- Sus manos inocentes pintan árboles
- que hablan en poemas y envían
mensajes,
- pájaros de plumajes nunca vistos
- -los pájaros de Eudocia-
- animales que nos miran y sonríen,
- en un mundo ingenuo y verdadero
- que no necesita dimensiones.
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- Porque ella, en sus milagros
cotidianos
- convierte el mundo real en fantasía
- que se puede palpar y tocar.
- Ella, Gonzalina Nicanor por el
bautismo
- a quien la vida llamó La Tejedora de
prodigios,
- mi madre.
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- Virginia, 10 de enero de 1996
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CARTA A MI MADRE
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- por Julio Cabrales (Managua, 1944)
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- Madrid 20 de diciembre de 1963.
- Te escribo para decirte
- que tengo un nuevo conocido,
- el Otoño, con la fría brisa nordeste
- soplando sobre álamos y plátanos de
la India
- en las aceras de Madrid;
- y hojas cayendo unas sobre otras
- amontonándose
- o llevadas por el viento a media
calle
- o agarradas en el aire por mis manos;
- hojas secas, amarillas, crujientes,
- recogidas por barrenderos en la
madrugada
- y más tarde en un montón
- quemándose
- y el humo grueso subiendo
- entre las ramas desnudas, blancas,
húmedas,
- al mediodía.
- Ya es la época de Navidad.
- Estamos en Diciembre
- y ¿cómo está la casa?
- ¿Estará florecido el pastor
- junto al muro negro?
- ¿No se ha secado el pozo
- y el alcaraván va por el patio?
- Ya habrás pintado –por supuesto-
- el cuarto de Clarence del color crema
- que aún quedaba en el tarro.
- Ya habrás hecho las diligencias de la
casa
- para esta época
- y comprado el mantel blanco para la
mesa
- y llenado el florero de narcisos
rojos
- del traspatio
- y encendido el cesto de rosas
eléctricas
- en la noche, para Nuestro Señor,
- y cubierto de cortinas el cuarto de
Alberto y su esposa
- esperando al nieto
- por primera vez abuela
- y estarás contenta con la llegada del
nieto
- que cononcerá tu buen olor
- que yo conocí entonces.
- Y te veo en las tiendas acompañándote
- como lo hacíamos siempre
- rodeados de arbolitos cubiertos de
luces
- y el cielo negro pellizcado de
estrellas
- y ese olor de Purísimas
- olor de madroños y triquitraques
quemados;
- manzanas y uvas y juguetes en el
Mercado San Miguel
- y sus alrededores;
- candelas romanas en manos de los
niños
- y villancicos de pastores y del Niño
Jesús
- en la Catedral Metropolitana
- y mi luna de Nicaragua que es dulce y
grande, grande y dulce
- como tú.
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YO
NO SÉ PARA MI MADRE
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- por Jorge Eduardo
Arellano (Granada, 1946)
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- Yo no sé para mi madre
- encender rosas y palabras.
- Ella era sus diez varones
- y ocho mujeres, el recto compañero
- de fuego presidiendo el mundo
- desde su silla, la entrega de la
sangre.
- Todo.
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- No se dice en versos esta
mujer.
- No se puede nombrar con música:
- No cabe una vida en la memoria.
- Aún la vemos en sueños
- con sus cuatro ángeles muertos.
- Aún espera en el sofá
- al hijo de la Noche: el Escogido.
- Aún conmueve su diaria
abnegación
- heroica y el martirio purificado
- y excelso de su vida.
- Todos somos
- su nombre, Nelly:
- la primera luz que nacía cuando el
sol
- entraba
- por los mangos
- a nuestra
- casa.
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RETRATO DE UNA MADRE CON SU HIJO
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- por
Franklin Caldera (Managua, 1949)
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- Por esa tu muerte repentina,
prematura, temida, inesperada,
- yo que recuerdo tantas voces, tantos
rostros ...
- no puedo visualizar tus facciones ni
evocar tu voz.
- Fue necesario olvidarlo todo para
conjurar el dolor
- de esa “muerte por asfixia”
- ocurrida en familia durante un vuelo
Managua-Miami.
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- En Miami, durante la guerra,
conociste a mi padre
- (nicaragüense, ciudadano
estadounidense)
- cuando ambos trabajaban en el
Aeropuerto.
- Él, recibiendo a personalidades de
Latinoamérica
- en representación del Coordinador de
Asuntos Interamericanos.
- Tú, en el Despacho de Servicio a los
Pasajeros.
- (La muerte de tu novio, piloto, en un
accidente aéreo,
- te había hecho renunciar a tu trabajo
de aeromoza de Panam
- y aborrecer
los aviones... los despegues... los aterrizajes).
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- Naciste (Elvira) en el estado de
Pennsylvania en los años 20;
- de ascendencia asturiana (con
ancestros en Cangas de Tineo,
- hoy Cangas
de Narcea).
- La Gran Depresión económica del 29,
obligó a mi abuela
- Mercedes -madrileña, criada en
Estados Unidos-,
- a emigrar con sus cinco hijos a la
Habana,
- donde la menor falleció y transcurrió
parte de tu niñez (Virita).
- Adolescente, te radicaste en Nueva
York (Vira),
- en casa de tu tía gorda (origen de tu
miedo a la obesidad).
- En Miami te casaste con mi padre y
juntos
- (cuando todavía era tu “Tyrone
Power”)
- se establecieron en Manhattan (la
Vera), para después aterrizar
- definitivamente en la Managua de la
“Doña Vera”;
- aquella ciudad asoleada y polvosa
donde nací a mitad del siglo,
- sobreprotegido por tu aversión a los
microbios.
- (Allí nació también mi hermana
Yvonne,
- así llamada
en honor a Yvonne de Carlo).
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- Después ...tu soledad; la
inadaptación, el aislamiento.
- El puño del páter familias dominante;
sus celos patológicos
- (difícil vislumbrar en aquel “Big
Daddy” al joven que
- componía
coplas e imitaba a Chevalier).
- De niño te acompañaba a todas partes
- (“ojos y oídos” inconsciente de mi
padre):
- A la tienda de conservas de Juan
Wong, a la Farmacia San Antonio
- (de mis tíos Petronio y Mary,
- en quien siempre
encontraste apoyo y comprensión).
- Largas horas esperándote en antesalas
de consultorios y
- salones de belleza; releyendo Écran,
Cinelandia...
- o velándote durante tus prolongadas
enfermedades;
- dibujando; sumergido en el tomo
empastado de Los Miserables o
- devorando historietas mexicanas:
Vidas Ejemplares, Vidas Ilustres...
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- Luego llegó la bonanza económica: la
casa en Los Robles,
- el “Garden Club”. Pero con ella, el
miedo a perderlo todo;
- al comunismo; a tener que ir a “lavar
platos a Miami”
- (exilio que la muerte no te dejó
ver).
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- Y el eterno refugio: el cine.
- Las salas olorosas a esa mezcla
entrañable
- de rosetas, humo de cigarrillos y
aire acondicionado.
- El cine que nos hacía sentir en casa
en todas partes.
- Me transmitiste las fobias, las
depresiones
- (la sensación de vivir bajo una
espada de Damocles);
- pero también el amor al Hollywood en
technicolor y blanco y negro.
- A Fra Angélico, al quattrocento, al
Caravaggio y a Van Gogh.
- A la música de los elepés: “Abril en
Portugal”, Perry Como,
- el Concierto de Varsovia, la polonesa
de Chopín, la Rapsodia Húngara.
- (De mi padre heredé lo telúrico: la
formación académica,
- la adicción al trabajo, la
dipsomanía, la proclividad al amor profano;
- junto con la pasión por Darío y los
tangos de Gardel).
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- Los domingos, las campanas evocaban
lo ignoto:
- el tercer misterio, el pecado mortal,
el otro mundo.
- El rezo del rosario. La misa de doce
en Catedral,
- los
pordioseros en el atrio.
- Los
desfiles, las procesiones, los entierros...
-
- 15 años tenía la última vez que
hablamos.
- ¡Yo que
recuerdo tantas voces, tantos rostros...!
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MENSAJE URGENTE A MI MADRE
-
- por Daisy Zamora (Managua, 1950)
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- Fuimos educadas para la perfección:
- para que nada fallara y se cumpliera
- nuestra suerte de princesa-de-cuentos
- infantiles.
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- ¡Cómo nos esforzamos, ansiosas por demostrar
- que eran ciertas las esperanzas tanto tiempo
- atesoradas!
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- Pero envejecieron los vestidos de novia
- y nuestros corazones, exhaustos,
- últimos sobrevivientes de la contienda.
- Hemos tirado al fondo de vetustos armarios
- velos amarillentos, azahares marchitos.
- Ya nunca más seremos sumisas ni perfectas.
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- Perdón, madre, por las impertinencias
- de gallinas viejas y copetudas
- que sólo saben cacarearte bellezas
- de hijas dóciles y anodinas.
-
- Perdón, por no habernos quedado
- donde nos obligaban la tradición
- y el buen gusto.
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- Por atrevernos a ser nosotras mismas
- al precio de destrozar
- todos tus sueños.
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- (En La mujer nicaragüense en la poesía.
Editorial Nueva Nicaragua, Managua, 1992.)
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ANCESTRAS
-
- por Yolanda Blanco (Managua, 1954)
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- Cuando al mirarme en el espejo
- veo en mi cara el rostro de mi madre
- crezco en tiempo.
- Me ilumino inmensa.
- Unidos a esa cara
- se asoman
- se anudan
- se suman
- el ombligo de mi abuela
- de su madre
- de la abuela de mi abuela
- de la Luna
- de la Madre Tierra.
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- (Nueva York, agosto 2001)
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FRAGMENTO EXPROPIADO DE
MARK STRAND
- versión de José Coronel Urtecho
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- Mis arrugas son nada
- Mis canas nada
- Mi barriga abultada
- de tantas comidas
- Mis tobillos hinchados
- Mi mente oscurecida
- Todo eso es nada
- Soy el mismo niño
- Que mi madre besaba.
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- 1990
(de Pol-La D’Ananta Katanta
Paranta Dedójmia T’élson. Imitaciones y traducciones. Editorial
Nueva Nicaragua. Managua, 1993) |