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DICIEMBRE
EN LA CIUDAD
Ariel Montoya (Matagalpa, 1964)
Bajo
la estrepitosa insolencia de un avión
que
raudo atraviesa el aire del alba
camino
por una avenida entre rótulos comerciales
y
enseres navideños tras las tiendas.
Se
me entrega una calle a lo largo de mis pasos,
mientras
desayunan las cafeterías.
Entonces
tu nombre
-ángel
y árbol trepado a la luz infinita que me alumbra-
despierta en mi pecho
como un relámpago enrojecido
por la médula cósmica que viaja
por tu velo.
En la fuente del Parque Central
dos enamorados han dejado impresos
sus corazones
sobre la matutina humedad del
cemento
y en el atrio de la Catedral,
las palomas recogen los últimos
granos del amanecer.
Un cartero en su bicicleta entrega
una carta de amor
y yo me retiro a mi habitación
sabiendo que en este diciembre
la ciudad se desploma sin tu
presencia.
MANAGUA ERA UNA CALLE
Juan Sobalvarro
(Managua, 1966)
La vieja Managua era una calle
como cualquiera,
el sol en diagonal amarillo reseco.
La casa del abuelo quedaba camino
a la gasolinera
donde un auto siempre quería
arrancar en retroceso
y cruzábamos corriendo corriendo
agarrados de las manos.
En la fachada la casa tenía
verjas blancas y paredes blancas.
Las plantas del jardín estaban
despeinadas.
Por dentro las paredes eran
blancas, las sillas eran blancas,
el perro era blanco, el abuelo
canoso y moreno
y la tía y la hermana se llamaban
Blanca.
Vi un corredor al que siempre
quise acceder
y me dijero ¡uy! Y por eso nos
fuimos.
La casa de la abuela era de adobe,
paredes altas con costras de cal y
tejas en el cielo
que era sostenido por una telaraña
de pilares polvosos.
El baño sin ventanas,
era una cámara húmeda de sombras
de mala fama.
Sobre la cocina el cielo despejado,
las trepadoras verdefrescas
y las palomas descendiendo a tomar
agua de la pila.
Pero algo me fue negado. La
escalera que subía
y que seguro daba al balcón que
siempre vi desde abajo.
Elevación que no conocí de la
ciudad.
Pero en verdad que esa era toda
Managua.
BELÉN: MANAGUA, CIRCA 1956
Franklin Caldera (Managua, 1949)
El establo se ponía al fondo,
con María y José flanqueando el
pesebre vacío,
porque el Niño no se colocaba
hasta el 25 de diciembre.
Los diestros en el oficio,
formaban rocas con papeles
marrones rociados con otros colores
y esparcían sobre el piso el
aserrín teñido de verde con anilina;
los niños colocábamos espejitos
para simular lagos y sobre los mismos,
pescaditos de plástico; y entre
los pastores de mayor tamaño
(porque en esos nacimientos, como
en las pinturas primitivistas,
no había concepto de la
perspectiva),
otras figuritas de plástico y de
yeso que se compraban en el mercado,
y que nada tenían que ver con el
Belén histórico:
Blancanieves y los siete enanos;
piratas, indios y vaqueros,
tanques, barcos; caballos,
elefantes, jirafas, cebras, leones...
Los tres magos de Oriente no se
podían poner hasta el 6 de enero,
aunque no recuerdo a nadie que
esperara tanto,
porque aquellos personajes
barbudos, con capas de colores,
en sus flamantes camellos, le
daban un toque épico al conjunto
(como una película en Technicolor
con Sabú y María Montez).
“Cuatro dedos” colocaba
telones de papel al fondo de sus nacimientos,
pero más que su pericia en el
manejo de los decorados
me impresionaba la forma como
agarraba la botella de soda simple
con sus cuatro dedos (le faltaba
el pulgar de ambas manos)
apoyándola en la palma de la mano,
para beber su contenido, empinándola.
Reginaldo Montcrieff hacía
representaciones con títeres
en cumpleaños, kermesses y toda
clase de eventos infantiles,
pero también, altares y
nacimientos.
Alto y caquéctico, había sido
boxeador amateur,
campeón de maratones de baile en
los alegres años veinte,
actor de teatro, cantante de
operetas y artista circense.
Dejó grabada su figura en la película
mexicana “Rapto al Sol”,
rodada en las isletas de Granada,
Nicaragua,
donde interpretó al vigilante de
una casa abandonada
que espantaba por su apariencia
espectral a la protagonista.
II
Todos estos recuerdos se
retrotraen al casco urbano de la vieja Managua,
y se aposentan en el apartamento
del segundo piso del Edificio Páiz,
en la intersección de la Avenida
Bolívar y la calle Momotombo,
cuyo balcón quedaba frente a la
marquesina del Teatro González
y al letrero con luces rojas que
se apagaba y encendía
sin dejarme dormir, hasta las 11
p.m., cuando el ruido de la gente
que salía del cine marcaba el
final de la noche.
Y de las tres de la tarde a las
nueve de la noche,
bajo la marquesina, el mismo
panorama, año tras año:
la taquillera, Justa, que murió
prematuramente, como mi madre;
el portero gordo, que nunca tuvo
nombre ni sonrisa;
el viejo administrador que fumaba
puro y se casó con una joven acomodadora;
el anciano arquitecto
estadounidense, Mr. Dentz, siempre de blanco,
que llegó al país para
supervisar la construcción del edificio
y se quedó viviendo en un
cuartito en la planta superior del teatro,
sin que nadie lo viera jamás
fuera de las instalaciones del mismo;
el ciego que vendía La Prensa;
la niña morena de pelo largo con
su cajita de chiclets
y el niño tullido que no conoció
más árboles navideños que los de las vitrinas
ni más santacloses que los de las
calles
(Melico Maldonado, hermano del
poeta, fue el más popular).
Años después me topaba con él,
ambos adolescentes,
en las mismas aceras del González,
y nos abrazábamos borrachos
llamándonos: “¡Hermano,
hermano!”.
Unos meses antes del terremoto del
72,
con los hombros abultados por el
ejercicio constante
de arrastrar sus piernas inútiles
y diminutas apoyándose en las muletas,
pedía ayuda a los transeúntes
para construir “una casita junto al lago”,
gritándome con la voz ronca y
sonorosa de la conciencia:
“¡Franklin!... ¡Franklin!”,
mientras yo (sobrio) aceleraba el paso...
De todo aquel entorno, sólo el
teatro González queda en pie,
convertido en templo protestante;
con un recuerdo borroso:
mi padre, mi madre, mi hermana y
yo
agarrados de las manos, en círculo,
bailando al caer la tarde,
mientras de un tocadisto emanaba música
navideña estadounidense.
Momento de alegría que ya
entonces me causaba tristeza
porque intuía lo doloroso que me
iban a resultar
los recuerdos de navidades remotas,
engavetados en la memoria, con
bolitas de alcanfor...
MANAGUA HASTA DICIEMBRE DE 1972
Julio
Centeno Gómez (1932)
“Este mes ha de ser para
Vosotros el principio de los meses. Será
el primero entre los meses del año”.
Éxodo – XII, 2.
La noche estaba como el día
cuando empezó el naufragio de la ciudad.
El horrendo cataclismo bramando
sobre la tierra vencida.
Las toneladas de cemento chocando
bajo el cielo estrellado.
Las casas desparramándose. Los
cuerpos entre los escombros.
La polvareda de los escombros
subiendo como neblina.
Los sobrevivientes corriendo a los
sitios abiertos,
cubriéndose con sábanas como
sudarios.
Desde la plaza veíamos la pira
inmensa de la ciudad
y la sorda agonía de sus
edificios desplomándose.
A la madrugada el sismo azotó
otra vez el casco desmantelado.
Bajo el cielo chisporroteaban las
llamas
y la hoguera crecía con el viento
helado.
Toda la noche aullaron las
ambulancias.
Al amanecer, los helicópteros
volaron la zona del desastre
y mostró sus heridas humeantes la
ciudad descuartizada.
Comenzó el éxodo de la ciudad.
La caravana interminable, sin
rumbo, sin destino,
con el alma aplastada rescatando
sus muertos
y arrastrando sus restos.
En los caminos y en las carreteras
asfaltadas,
mujeres, hombres, niños en
camiones, en tractores,
en carretas, en bicicletas, a pie,
a caballo.
Toda la noche anduvo la caravana
interminable…
Y amaneció y volvió a amanecer y
hasta el séptimo día seguía
la masa de refugiados, de
desgraciados, de desamparados.
Las ciudades vecinas se atestaron
y los caminos se poblaron bajo los
árboles.
La guardia nacional sitió la
ciudad
porque las turbas asaltaban y
sequeaban.
Managua quedó íngrima.
Sólo el viento levantando
polvaredas y arrastrando hojas secas.
Pasaban volando los papeles sobre
las ruinas de las casas.
Al amanecer del segundo día
comenzó la ayuda internacional.
El mundo entero se hizo “Presente”.
Llegaron carpas, medicinas y
hospitales ambulantes;
incineraron los cadáveres; los
tractores rugían día y noche
sobre las ruinas abandonadas.
II “Huerto cerrado eres,
hermana mía, esposa, huerto cerrado, fuente sellada”.
Cantares - IV – 2
Me detengo a recordar la otrora
puerta de Centroamérica
con teatros anunciando las últimas
películas
y almacenes atestados hasta las últimas
horas de la tarde.
El Supermercado frente a mi casa y
las hermosas embajadas
y los niños retozando en los
patios engramados;
y los árboles llenos de frutas; y
la casa llena de luces como un barco,
recogiendo el rumor de las series
mundiales en el Estadio vecino
y el bullicio del gentío en la
parada de Montoya
al otro lado del Supermercado.
Recuerdo la Avenida Roosevelt por
las tardes
con muchachas en minifaldas
revoloteando como mariposas,
alegres, radiantes, fluyendo por
toda la avenida,
diluyéndose en los restaurantes,
en los almacenes,
en los cinematógrafos, en los vehículos;
y la Avenida Bolívar con
gasolineras,
con establecimientos de comercio,
con hoteles de primera y librerías;
y la Avenida del Ejército que
comenzaba al otro lado de mi casa
en el monumento a Montoya, que cayó
con el sismo,
y se prolongaba con árboles de
malinche hasta el lago
y la Calle 15 de Septiembre, como
un río, llevando la riqueza
y alimentando el presupuesto del
Estado con el 5% y el 2%
sobre las ventas y el tanto
progresivo del I.R.
y los otros impuesos indirectos
que pagan los comerciantes
y los consumidores por estar todo
el día trajinando, permutando,
comprando, prometiéndose y
comprometiéndose;
hipotecándose y deshipotecándose
y dejándose ganancias recíprocas
y alimentando los ingresos
fiscales.
Recuerdo los puntos de referencia
de la ciudad, tan managuas:
El Arbolito, el Gato Abraham, los
Balcanes,
las 2 y ½, el Malinche, el
Gallazo,
el Caracol, el Infierno, el Gancho
de Camino,
la Moneda, Montoya, Sangre y
Arena,
la Hormiga de Oro, el Fóker, el
Hormiguero,
el Boer, Acahualinca, Tiscapa
y los que quedaron hechos trizas
entre los escombros,
con los seres queridos, cuyos
nombres recordaremos
en veladas alrededor del vino o en
la víspera de las Navidades;
como aquella en que Managua
despertara sacudida por el furor de su geografía
con lagos azules y volcanes
humeantes y la alta serranía sobre la vasta llanura
donde hoy queda cubierta por el
polvo, entre alambradas,
la que fuera capitana del istmo,
paraíso de auroras, huerto de los encantos,
con un rótulo triste que dice:
“ZONA DE DESASTRE”.
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