Trivia rubendariana
¿Qué sabe usted de...?
¿Cómo se refleja en la obra de Darío la
dramática experiencia que éste vivió en Chile?
¿Qué sabe usted de...?
Darío y el sobretodo de Verlaine
¿Qué sabe usted de...?
¿Cuántos metros poéticos usó Darío?
El tardío homenaje que se le brindó en París
¿Qué sabe usted de...?
El caso más "fatal" de la existencia de Darío
Desafortunado en amores ¿y en los negocios?
Y mucho más...
Regreso a Dariana
La madre:
Para Darío, sus padres fueron los tíos de su madre, el coronel Félix Ramírez Madregil y su esposa, Bernarda Sarmiento.
Un día --cuenta en su Autobiografía--, una vecina me llamó a su casa. Estaba allí una señora vestida de negro que me abrazó y me besó llorando... La vecina me dijo: 'Esta es tu verdadera madre. Se llama Rosa y ha venido a verte desde muy lejos'. No comprendí de pronto, como tampoco me di cuenta de las mil palabras de ternura y consejos que me prodigara en la despedida aquella dama, para mí extraña. Me dio unos dulces, unos regalitos. Fue para mí una extraña visión. Desapareció de nuevo."
Y Darío no volvió a ver a su madre, sino hasta veinte años después.
El padre:
De esta manera habla Darío al referirse a su padre, en su Autobiografía: "No sé por qué siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora de mi "tío Manuel". La voz de la sangre... ¡Qué flácida patraña romántica! La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que lucha, sufre y se desvela por un niño, ése es su padre."
Darío y el Cid:
Los investigadores remontan los antecedentes de Darío hasta principios del siglo XVIII. Trazan su linaje hasta el capitán don Alfonso Díaz de Mayorga, natural de Sevilla, en España; haciéndolo así descendiente del Cid Campeador por línea recta.
"Quiero tener una buena posición social":
"El presidente --recuerda Darío en su Autobiografía, en referencia al presidente salvadoreño, Rafael Zaldívar-- fue gentilísimo y me habló de mis versos y me ofreció su protección; mas cuando me preguntó qué era lo yo deseaba, contesté, ¡oh inefable Jerome Paturot!, con estas exactas e inolvidables palabras que hicieron sonreír al varón de poder: `Quiero tener una buena posición social."
"Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer" Estadía en Chile:
"La impresión que guardo de Santiago en aquel tiempo --comenta en su Autobiografía--, se reduciría a lo siguiente: vivir de arenques y cerveza en una casa alemana para poder vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades aristocráticas. Terror del cólera que se presentó en la capital. Tardes maravillosas en el cerro de Santa Lucía. Crepúsculos inolvidables en el lago del parque Cousiño. Horas nocturnas con Alfredo Irrazábabal, con Luis Ortega Lucco o en el silencio del Palacio de la Moneda, en compañía de Pedro Balmaceda y del joven conde Fabio Sanminatelli, hijo del ministro de Italia."
"Estos recuerdos son significativos --relata uno de sus biógrafos, Teodosio Fernández--, y no tanto por lo que dicen como por lo que ocultan. Las dificultades económicas con que se relacionan los arenques o la cerveza disimulan apenas una pobreza sin paliativos, que la condición social de las personas con las que había de tratar le hacía sentir dolorosamente: a sus ojos se ofrecía el continuo espectáculo de los favorecidos por la fortuna en un país --Darío hubo de advertirlo en cuanto llegó a Valparaíso, en la actividad y el intenso tráfico que pudo observar en el puerto-- que vivía la euforia política y económica derivada de la victoria sobre la confederación peruano-boliviana en la reciente Guerra del Pacífico (1879-1882) y de las riquezas salitreras de los territorios anexados."
Ocasionalmente --continúa relatando Fernández-- el propio ejercicio del periodismo pudo ser fuente de satisfacciones --como durante el mes de actuaciones en Chile de Sarah Bernhardt, en octubre de 1887, cuando asistió como cronista de La Epoca a las funciones teatrales en Santiago y Valparaíso--, pero sobre el joven poeta habían de pesar negativamente la mediocridad de su papel y al parecer las frecuentes regañinas del director, Eduardo Mac Clure. Con la riqueza de las oficinas contrastaban, por otra parte, la indumentaria desaliñada de Darío --hubo que procurarle ropas adecuadas a la distinción de las personas que trabajaban en el periódico o frecuentaban la redacción-- y el miserable cuarto próximo a las máquinas de prensa en el que fue alojado, y al desdén que suscitaba el espectáculo de su pobreza se unía el que merecía para algunos su cultura provinciana --y su poesía-- en el moderno y cosmopolita ambiente santiaguino."
Edelberto Torres anota el testimonio de uno de los amigos chilenos de Darío: "Salí junto con Daniel Caldera, atravesando un corredor oscuro, al patiecito del motor del diario, y penetramos a un cuarto un poco más estrecho que esos que guardan los perros bravos en las haciendas: era la habitación de Darío. Después de las presentaciones de estilo nos sentamos, ellos en la cama del poeta, y yo en una maleta vieja, remendada y con clavos de cobre. No había sillas en el cuarto, pero en cambio había un lavatorio de fierro y un paño de manos que en esas circunstancias desastrosas debían de tener un valor infinito. En la muralla, en la parte más visible y donde los ricos ponen de ordinario sus cuadros de Meissonier y de Benjamin Constant, había colgado de un clavo el único pantalón de mi nuevo amigo: miento, porque tenía otro par que llevaba puesto. El pobre muchacho, que deseaba atendernos cuanto le era posible, sacó una caja de cigarros puros que nos pasó, con la recomendación de ser cigarros de su tierra. Les cortamos las puntas y los encendimos, pero... aquellos cigarros no daban humo, era inútil que chupáramos con toda la fuerza de nuestros pulmones y de nuestro buen deseo.
--Amigo Darío, sus cigarros no son mejores que sus abrojos --exclamó Daniel Caldera.
Esta descortesía la contestó Rubén con modestia y convicción:
--Es verdad que los cigarros no son buenos, pero las poesías... yo estoy contento con ellas."
Huellas de su experiencia chilena en el trabajo literario de Darío:
"En Nicaragua y en El Salvador --comenta Teodosio Fernández-- Darío había encontrado al menos admiración; tempranamente había conocido la fama, era requerido con cualquier pretexto, desempeñaba una función social y ocasionalmente había gozado del favor de los mecenas locales. Bien diferente fue la situación que hubo de afrontar en Chile, un país en rápido crecimiento económico que hacía dominantes los valores burgueses. El progreso no había reservado lugar alguno de relieve para los poetas, que convirtieron su trabajo en un lujo, en un alarde de refinamiento cultural, o a lo sumo en una manifestación de rechazo o desdén hacia el materialismo dominante. Para los jóvenes de familas acomodadas eso no significaba un problema grave, pero para Darío la situación era bien distinta: extranjero, se encontró de pronto --dejemos al margen el Canto épico a las glorias de Chile, que ni siquiera es mencionado en la Autobiografía-- sin función cívica que desempeñar, y dramáticamente enfrentado a un mundo lujoso e inasequible.
Alguna vez observó que había desheredados de la fortuna, como al escribir "El fardo", un cuento incluido en Azul... cuyos personajes habitan en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, pero casi siempre prefirió ocuparse de su propia condición de marginado, y la identificó una vez más con la del poeta en un mundo que había perdido sus valores auténticos. Los abrojos hablan con frecuencia de ese sentimiento, que deriva en una severa crítica de las costumbres contemporáneas.
He aquí uno de ellos, que tiene que ver con la situación que Rubén padecía:
Puso el poeta en sus versos
todas las perlas del mar,
todo el oro de las minas,
todo el marfil oriental;
los diamantes de Golconda,
los tesoros de Bagdad,
los joyeles y preseas
de los cofres de un Nahab.
Pero como no tenía
por hacer versos ni un pan
al acabar de escribirlos
murió de necesidad.
La actitud moralizante no desaparece en las refinadas fantasías que son muchos cuentos de Azul... Deslumbrado por el lujo de los adinerados e incomprendido por ellos, Darío expresa esa experiencia dolorosa en "El rey burgués", el de la inmensa riqueza, el de los gustos refinados, el mercader del arte que ignora al poeta y lo abandona a su suerte, hasta que muere de frío en una sombría noche de invierno, mientras piensa en el Ideal y en el día venidero. No es mucho mejor la suerte de Orfeo, que debe abandonar la selva --toda alegría, y danza, belleza y lujuria-- de "El sátiro sordo", ni la de aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, que canta en `La canción del oro'."
Bagaje cultural del Darío que llegó a Chile:
Luis Ortega Lucco, amigo del poeta, da este testimonio: "... la ignorancia de Darío era casi absurda y apenas distinguía un coche de una casa, y no percibía diferencia entre un cuadro y una oleografía. Su bagaje literario se reducía a Víctor Hugo, que era su maestro y su Dios; no conocía otra cosa fuera del gran poeta."Posiblemente, sin embargo, Darío daba esa impresión errónea dado su comportamiento introvertido y huraño pues ya desde Nicaragua, cuando desempeñó un puesto en la Biblioteca Nacional, había leído la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra, y la Biblioteca Clásica de Luis Navarro, se sabía de memoria El Diccionario de la Academia Española y el Diccionario de Galicismos de Rafael María Baralt. Había leído a otros autores franceses, aparte de Hugo, tal como Gautier, Vigny, Musset; también a españoles contemporáneos, tal como Emilio Ferrari y Manuel Reina, que suma a sus ya admirados Zorrilla, Campoamor y Nuñez de Arce.
Los "cuidados pequeños":
"¿Harán algo los de mi país, ahora que les pido eso? --se preguntaba cuando estando en Chile pretendía que Nicaragua contara con una delegación diplomática, y obtener él el cargo de secretario de la misma-- Quién sabe. Ello sería una pequeñez. Por lo demás, si no se realiza, si no aceptan mis propuestas, santo y bueno. Ni se me quita ni se me da nada. ¡Abrojos! ¡Nada más!"
Matrimonio con Rosario Murillo:
Después de la muerte de su primera esposa, Rafaela Contreras, Darío viajó a Managua para cobrar un dinero que se le debía. "Se me ofreció que me pagarían pronto mis sueldos --comenta en su Autobiografía--, mas es el caso que tuve que esperar bastantes días; tantos, que en ellos ocurrió el caso más novelesco y fatal de mi vida, pero al cual no puedo referirme en estas memorias por muy poderosos motivos. Es una página dolorosa de violencia y engaño, que ha impedido la formación de un hogar por más de veinte años: pero vive aún quien como yo ha sufrido las consecuencias de un familiar paso irreflexivo, y no quiero aumentar con la menor referencia una larga pena."
"Maestro mágico, liróforo celeste": Paul Verlaine:
En 1893, de escala, en su primer viaje a Buenos Aires, Darío pasó por París. Ahí, escoltado por el escritor guatemalteco, Enrique Gómez Carillo, y el español, Alejandro Sawa, departió con Jean Moréas y conoció a uno de los escritores que determinaban el rumbo de su obra, Paul Verlaine. "Se conocía que había bebido harto --comentó al respecto--. Respondía de cuando en cuando, a las preguntas que le hacían sus acompañantes, golpeando intermitentemente el mármol de la mesa. Nos acercamos con Sawa, me presentó: `Poeta americano, admirador, etc.' Yo murmuré en mal francés toda la devoción que me fue posible y concluí con la palabra gloria... Quién sabe qué habría pasado esa tarde al desventurado maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la mesa, me dijo en voz baja y pectoral: `¡La gloire!... ¡La gloire! ¡M... M... encore!...
El sobretodo de Verlaine:
Darío compró un ulster, un sobretodo, en Chile y se lo regaló en Guatemala a Gómez Carrillo. Éste, a su vez, se lo obsequió a Alejandro Sawa, en París. Luego Sawa se lo dio a Verlaine. Rubén relato este episodio en "Historia de un sobretodo", en artículo publicado en Costa Rica, en 1892.
"La capital del Amor, el reino del Ensueño": París:
Darío consideraba a París como su patria espiritual. "Sería incapaz de vivir si se me impidiese vivir en francés", afirmó en sus primeros días en París. La capital francesa era para Darío: "un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño."
Como muestra de su ansia de "ciudadania gala", afirnó luego en las "Palabras liminares", de Prosas profanas: "--Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París".
Recién llegado a la capital francesa pudo considerar realizada su ilusión y considerarse orgulloso de que lo acusasen de "galicismo mental", pero no tardó mucho en percatarse de que su amada ciudad no reconocía al hijo llegado de América.
Así, ya desilusionado, en la "Epístola a la señora de Lugones" describe a la capital francesa como" el enemigo/ terrible, centro de la neurosis, ombligo/ de la locura." Asimismo, comenta en su Autobiografía que: "Nunca quise, a pesar de las insinuaciones de Carrillo, relacionarme con los famosos literatos y poetas franceses." Concluye que "las rimas de Francia están de baja", y rechaza la literatura de este país aduciendo que "ha caído en una absoluta y única finalidad: el asunto sexual".
Darío opinaba entonces que Francia estaba en decadencia y que era "una locomotora que va con una presión de todos los diablos a estrellarse en no sé qué paredón de la Historia y a caer en no sé qué abismo de eternidad."
"Todos estos escritores y poetas --afirmó en La caravana pasa, refiriéndose a los numerosos hispanoamericanos que residían por ese tiempo en Paris: José María Vargas Vila, Rufino Blanco Fombona, Amado Nervo, entre otros-- que he rápidamente nombrado, y yo el último, vivimos en París, pero París no nos conoce en absoluto, como ya lo he dicho otras veces."
"Francia --afirma Teodosio Fernández-- ,ya no era lo que había sido, y no sólo para los escritores hispanoamericanos. El estudiante extranjero no encuentra el apoyo de otros días --observó Rubén-- y, desde luego, le está cortado el ejercicio de su profesión. Los norteamericanos han metido sus cuñas a golpes de mazo de oro. La enfermedad del dinero ha invadido el corazón de la Francia, y sobre todo de París. El patrioterismo, el nacionalismo, han sucedido al antiguo patriotismo...
Otra vez Darío --continúa Fernández-- es el mendigo que canta la canción del oro, y, excluido del orden que anhela, se duele de su trágico destino, que atribuye a las deficiencias morales de quienes no quieren o no pueden entenderle. Lo cierto es que los escritores hispanoamericanos --y a veces también españoles-- formaron sus propios círculos, o se resignaron a ellos."
Carta de Delmira Agustini a Darío:
Darío prologó uno de los poemarios de esta notable poeta uruguaya y ella le conminó, en una de las cartas que le dirigió, con la pasión del amor quizás encendida: "Que no sepa yo nunca que otros versos femeninos os impresionan más que los míos. Engañaos, engañad a todos para engañarme a mí. Será una mentira santa. De otro modo me aniquilaríais moralmente. Dios sabe que esto no es amor propio. Desprécieme el mundo entero mientras me sostengáis vos."
El Premio Nobel que no le fue otorgado:
Darío se reunía en Madrid con un grupo de admiradores y seguidores: Juan Ramón Jiménez, Mariano de Cavia, Manuel y Antonio Machado, Jacinto Benavente, Ramón del Valle Inclán, Gregorio Martínez Sierra, entre otros; y junto a ellos firmó un escrito de protesta contra el homenaje que se ofreció a José Echegaray, oscuro escritor español a quien en la actualidad sólo se hace referencia para indicar cómo a una obra se le concede el Premio Nobel de Literatura negándole el mérito a quien realmente lo merece, en este caso Darío.
"A Francisca Sánchez":
Ajena al dolo y al sentir artero
llena de la ilusión que da la fe,
lazarillo de Dios en mi sendero,
Francisca Sánchez, acompaña-mé
En mi pensar de duelo y de martirio,
casi inconsciente me pusiste miel
multiplicaste pétalos de lirio
y refrescaste la hoja de laurel.
Ser cuidadosa del dolor supiste
y elevarte al amor sin comprender;
enciendes la luz en las horas del triste,
pones pasión donde no puede haber.
Seguramente Dios te ha conducido
para regar el árbol de la fe.
¡Hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompaña-mé!
Según sus biográfos, la vida de esta pareja no fue fácil. En varias ocasiones Francisca terminó por perder la paciencia,harta de un compañero que encontraba siempre la causa de las desavenencias --o de sus frustaciones-- en la diferencia cultural que los distanciaba.
"Todo el mundo tiene una patria, una familia, un pariente, algo que lo toque de cerca y que lo consuele --escribió Darío a un amigo--. Yo, nada. Tenía esa pobre mujer --y mi vida, por culpa mía, de ella, de la suerte, era un infierno--. Y ahora, la soledad, Apenas el trabajo logra por momentos quitarme la dura preocupación. ¡Mi misma fe es tan a tientas. Sea lo que Dios tenga dispuesto!"
"El falso azul nocturno de inquerida bohemia":
Fueron bien conocidas las veladas nocturnas que prolongaba por días, y que terminaban provocándole dolencias hepáticas que agriaban su carácter, ya de por sí retraído y huraño. Incluso, un día, estando en San José de Costa Rica, fue a parar a la cárcel. Fue una noche de parranda que culminó cuando el poeta y sus amigos arremetieron a pedradas y puntapiés contra la puerta cerrada de la hostería en que pretendían alojarse.
"Viviendo en Buenos Aires --cuenta T. Fernández-- con tiempo y medios a su favor, seguiría una vida desordenada y de permanente despilfarro, con notable deterioro de su salud y sobre todo de sus nervios, siempre más vulnerables que su estómago, de capacidad pantagruélica en opinión de Edelberto Torres. Necesitó con frecuencia de breves períodos de recuperación, hasta el punto de que en los años 1894-1895 contaba con una habitación en el Hospital de San Roque, donde pasaba temporadas."
Las cuestiones políticas no atraían a Darío, pero disfrutaba de las recepciones y banquetes que su cargo diplomático le deparaba. Uno de sus colegas afirmó: "Este magno poeta desearía que el mar fuera de coñac para ahogarse en sus ondas."Hacia 1913 Darío se siente cada día más solo y más ensimismado. Tiene, sin embargo, un malhadado refugio. El mismo poeta afirma en carta a un amigo: "hace diez años bebía una copa de güisqui cada hora; ahora lo hago cada cinco minutos".
Profesionalismo de Darío:
Son fama el trotamundismo y la bohemia darianas. El ansia de "navegar", como el mismo poeta dijo, es mítica. Sin embargo, a pesar de todo ese buscar "diluir mi tristeza en un vino de noches", sacó tiempo para escribir. Sus Poesías Completas abarcan dos volúmenes (en la edición que Aguilar editó en 1967, para el centenario de su nacimiento). Y la obra en prosa es asimismo extensísima: la editorial Afrodisio Aguado tiene publicados cinco volúmenes de más de mil páginas cada uno (cuentos, crónicas, artículos de periódicos, su autobiografía).
"La gritería de trescientas ocas":
En 1894, el diario La Estrella de Panamá anunció con alborozo la muerte de Darío, "para bien de la gramática y del sentido común".
Darío no solía responder a sus detractores, pero en algunas ocasiones, y muy seguro de su papel protagonista y de su talento, se defendía:
Tant mieux
Gloria al laboratorio de Canidia,
gloria al sapo y la araña y su veneno,
gloria al duro guijarro, gloria al cieno,
gloria al áspero errar, gloria a la insidia.
Gloria a la cucaracha que fastidia,
gloria al diente del can de rabia lleno,
gloria al parche vulgar que imita al trueno,
gloria al odio bestial, gloria a la envidia.
Gloria a las ictericias devorantes
que sufre el odiador; gloria a la escoria
que padece la luz de los diamantes,
pues toda esa miseria transitoria
hace afirmar el paso a los Atlantes
cargados con el orbe de su gloria.
En las "Palabras liminares" de Prosas profanas, Darío dejó clara su posición ante la crítica: " La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando él no esté para escucharte, cierra los ojos y toca para los habitantes de tu reino interior".
España: "Hispania fecunda":
En 1898, al ocurrir la Guerra Hispanoamericana, Darío es enviado como corresponsal del diario La Nación, para narrar el sentir del pueblo español. La nación europea resulta perdedora, y Darío escribe: " Acaba de suceder el más espantoso de los desastres; pocos días han pasado desde que en París se firmó el tratado humillante en que la mandíbula del yanqui quedó por el momento satisfecha después del bocado estupendo: pues aquí podría decirse que la caída no tuviera resonancia. [...] Hay en la atmósfera una exhalación de organismo descompuesto. He buscado en el horizonte español las cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del alma nacional: Cánovas, muerto; Ruiz Zorrilla, muerto; Castelar, desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez Pelayo... No está por cierto España para literaturas, amputada, doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para nada se diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías en chicanas interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos parciales de partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el remedio al daño general, a las heridas en carne de la nación. No se sabe lo que puede venir."
Y más adelante llegó a percibir una solución, no por los reyes, ni por el clero ni por la nobleza: "La salvación --afirmó-- si viene, vendrá del pueblo guiado por su instinto propio, de la parte laboriosa que representa las energías que quedan del espíritu español, libre de políticos logreros y de pastores lobos."
Carta de Kipling:
En 1914 Darío recibe una carta de Rudyard Kipling (ganador del Premio Nobel de Literatura de 1907) en la que el británico manifesta que estudia el castellano para leer "Los motivos del lobo".
La métrica dariana:
"Mi verso ha nacido siempre con su cuerpo y con su alma, bajo el divino imperio de la música, música de las ideas, música del verbo", escribió Darío; y nadie ha usado tal número y variedad de metros para expresar ese "cuerpo" y esa "alma". El número y la variedad de estrofas empleados por Darío --conjunto de versos que repiten una misma fórmula rítmica-- impresionó a sus contemporáneos y a los estudiosos de la métrica española. Navarro Tomás --uno de estos estudiosos-- contabilizó el empleo de 134 estrofas diferentes.
Los azoramientos del cisne entre los charcos: el fiasco de Mundial
En 1911 Darío recibe una oferta millonaria que lo lleva a mudarse a un lujoso hotel en París. Se trata del nombramiento de director de la revista Mundial, que se publicará en esta ciudad en lengua castellana para los países americanos. Su nombre se utilizará como cartel de ventas y atracción de suscriptores. Le exhiben en funciones, tertulias, conferencias. Llega a Barcelona, "más fantasmal que nunca", señala un testigo.Los empresarios -- los hermanos Guido, uruguayos--
le exponen sin miramientos a giras y sesiones literarias entre una lluvia de discursos y versos, banquetes y copiosas libaciones. Más que feliz, Darío parece acorralado. Los amigos soportan la situación como una vergüenza. Desde Río de Janeiro, el nicaragüensee escribe a Ghiraldo: "Voy desde luego explotado; explotado con mucho dinero, pero explotado".
Homenaje en París:
Es hacia 1912, "es indudable que Europa atrae cada menos su interés --relata uno de sus biógrafos--, al margen de que continúe vendiendo en Hispanoamérica el encanto o la atracción de París y de la cultura europea. Ni siquiera intenta relacionarse con los intelectuales nativos, que en su mayoría lo ignoran, y llegó demasiado tarde el homenaje que le tributaron escritores de distintas nacionalidades, hispanoamericanos y franceses sobre todo --tal vez vale la pena destacar la presencia de Remy de Goumont, Henri de Regnier, Francis Viélé Griffink Stuart Merril y Jean Richepin junto al boliviano Alcides Arguedas o a los ya citados Enrique Gómez Carrillo y Ventura García Calderón--, le tributaron el 20 de diciembre de 1912 bajo la presidencia de Paul Fort, príncipe de los poetas de Francia."
Los discursos que se pronunciaron en Buenos Aires --continúa el biógrafo-- en 1906, con ocasión de su visita, mostraban ya a las claras el camino recorrido por el poeta: José Ingenieros se refirió a él como "el plenipotenciario de la intelectualidad argentina anate las acorates del pensamiento europeo, pero en su respuesta Rubén no mencionó un solo nombre que no fuese hispanoamericano. Saludo a los compañeros --recalcó-- que, luchando con nuestros elementos escasos, saben ser iguales a los que luchan en las más grandes metrópolis".