Cartas de Juan Valera a Rubén Darío


 
 

Regreso a Dariana

 

Tiene usted otra composición, la que lleva por título la palabra griega Anagke, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy a poner aquí el cántico casi completo:



 

   Y dijo la paloma:

 

 

 

-Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,

 

 

 

en el árbol en flor, junto a la poma

 

 

 

llena de miel, junto al retoño suave

 

 

 

y húmedo por las gotas del rocío,

 

 

 

tengo mi hogar. Y vuelo,

 

 

 

con mis anhelos de ave,

 

 

 

del amado árbol mío

 

 

 

hasta el bosque lejano,

 

 

 


 

    cuando al himno jocundo

 

 

 

del despertar de Oriente,

 

 

 

sale el alba desnuda, y muestra al mundo

 

 

 

el pudor de la luz sobre su frente.

 

 

 


 

    Mi ala es blanca y sedosa;

 

 

 

la luz la dora y baña

 

 

 

y céfiro la peina.

 

 

 

Son mis pies como pétalos de rosa.

 

 

 


 

    Yo soy la dulce reina

 

 

 

que arrulla a su palomo en la montaña.

 

 

 

En el fondo del bosque pintoresco

 

 

 

está el alerce en que formé mi nido;

 

 

 

y tengo allí, bajo el follaje fresco,

 

 

 

un polluelo sin par, recién nacido.

 

 

 


 

   Soy la promesa alada,

 

 

 

el juramento vivo;

 

 

 

soy quien lleva el recuerdo de la amada

 

 

 

para el enamorado pensativo.

 

 

 


 

    Yo soy la mensajera

 

 

 

de los tristes y ardientes soñadores,

 

 

 

que va a revolotear diciendo amores

 

 

 

junto a una perfumada cabellera.

 

 

 


 

    Soy el lirio del viento.

 

 

 

Bajo el azul del hondo firmamento

 

 

 

muestro de mi tesoro bello y rico

 

 

 

las preseas y galas:

 

 

 

el arrullo en el pico,

 

 

 

la caricia en las alas.

 

 

 


 

    Yo despierto a los pájaros parleros

 

 

 

y entonan sus melódicos cantares:

 

 

 

me poso en los floridos limoneros

 

 

 

y derramo una lluvia de azahares.

 

 

 


 

    Yo soy toda inocente, toda pura.

 

 

 

Yo me esponjo en las ansias del deseo,

 

 

 

y me estremezco en la íntima ternura

 

 

 

de un roce, de un rumor, de un aleteo.

 

 

 


 

    ¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora

 

 

 

das la lluvia y el sol siempre encendido;

 

 

 

porque, siendo el palacio de la Aurora,

 

 

 

también eres el techo de mi nido.

 

 

 


 

   ¡Oh inmenso azul! Yo adoro

 

 

 

tus celajes risueños,

 

 

 

y esa niebla sutil de polvo de oro

 

 

 

donde van los perfumes y los sueños.

 

 

 


 

    Amo los velos tenues, vagarosos,

 

 

 

de las flotantes brumas,

 

 

 

donde tiendo a los aires cariñosos

 

 

 

el sedeño abanico de mis plumas.

 

 

 


 

   ¡Soy feliz! ¡Porque es mía la floresta,

 

 

 

donde el misterio de los nidos se halla;

 

 

 

porque el alba es mi fiesta

 

 

 

y el amor mi ejercicio y mi batalla;

 

 

 


 

   feliz, porque de dulces ansias llena,

 

 

 

calentar mis polluelos es mi orgullo;

 

 

 

porque en las selvas vírgenes resuena

 

 

 

la música celeste de mi arrullo;

 

 

 


 

    porque no hay una rosa que no me ame,

 

 

 

ni pájaro gentil que no me escuche,

 

 

 

ni garrido cantor que no me llame!...

 

 

 

-¿Sí? -dijo entonces un gavilán infame,

 

 

 

y con furor se la metió en el buche.

 

 

 

 

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Regreso a Dariana